Viajeros

José Luis y Miguel ingresaron juntos al primer año de primaria en la única escuela de San Andrés, un pequeño pueblo de Honduras, juntos reprobaron el 2° y el 3°, y ahora a sus 14 años cursan el 5° grado. A pesar de que eran vecinos, fue en la escuela donde se hicieron grandes amigos, amistad que fue consolidada al identificarse uno con el otro por su alegría y temeridad.

Miguel y José Luis compartían además un anhelado sueño: viajar a los Estados Unidos y ganar mucha plata.

-Yo quiero juntar para comprarle una casa a mi mamá- decía el primero.

-Y yo una camioneta a la mía- aseguraba el segundo.

Al igual que muchos jóvenes del pueblo, ellos conocían las historias de parientes y amigos que narraban sus andanzas en el país del norte. La mayoría se sentían a gusto trabajando diez horas diarias en la pizca de la manzana o del jitomate; algunos ya habían adquirido muebles para su vivienda y otros hasta un coche.

En una ocasión el papá de José Luis platicó que había sido testigo, en sus viajes, de que varios hombres y hasta de un niño se quedaron dormidos en el tren, cayendo sobre las vías y siendo despedazados por las ruedas. Finalizó diciendo: -Yo nunca permitiría que mis hijos viajen así-.

Mientras tanto, Miguel y José Luis que escuchaban asombrados, se miraban a los ojos con insistencia.

Al día siguiente los amigos se reunieron al salir de la escuela.

-Oye Pepe, ¿por qué no nos vamos juntos a Chiapas y ahí tomamos “La Bestia”?. La próxima semana salen unos compas. ¿Qué dices?

J: L.:-¡Mmmm! Pero estamos muy morros- .

M.: -¡Aunque! ¿No tu primo Chava se fue a los doce?

  1. L.: -Sí, pero las bandas de aquí ya habían matado a casi toda su familia-.

M.: -pues yo ya he visto caer a cinco de mi raza y no quiero que me maten aquí-.

Antes de partir los chicos contaron el dinero que cada uno había juntado y mostraron su seguro de vida: un cinturón con que se amarrarían al tren durante la noche.

Una mañana del largo viaje, al pasar por el poblado de Las Patronas, cerca de

Córdoba, Veracruz, el tren aminoró la velocidad, Miguel despertó por la gritería de los migrantes que recibían comida y agua sobre la marcha. Pensó que su amigo también había bajado por la escalinata para agarrar alguna bolsa de comida, pero ya no lo volvió a ver. Recorrió todos los carros preguntando hasta que alguien dijo:

-Yo lo vi anoche cuando le estaban robando el cinturón-.

                           Gregorio Campos Huichán

                             UTE   8 de mayo de 2019

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