Un real que conviene tener presente

real

Luciano Lutereau y Marcelo Mazzuca | Psicoanalistas.-

En un texto breve Freud se refiere a la “actitud” que solemos adoptar hacia la muerte y hacia el paso del tiempo. La tesis con respecto a la primera es que en el nivel de lo inconsciente todos estamos convencidos de nuestra inmortalidad, que nadie cree en su propia muerte. Freud hace notar que “la propia muerte no se puede concebir”, es decir, que es lógicamente imposible hacerlo, porque apenas intentamos imaginarla sobrevivimos como observadores.

En el caso del comportamiento del paciente obsesivo hay más bien algo cómico, pero para la segunda persona, para el espectador real o imaginario; nunca para el propio sujeto neurótico

Por ejemplo, la neurosis obsesiva podría proveer el caso de quien encarna esa verdad universal en un tipo de síntoma particular: concebir la muerte como un acto fallido o fallable. Es el caso de un paciente obsesivo, cuyo comportamiento reflejaba esa actitud de una forma especial. Era un hombre que intentaba suicidarse… pero no podía. Lo intentaba de dos maneras distintas: la primera consistía en encerrarse en la cocina y prender la hornilla de gas; pero como luego de un rato se empezaba a “sentir mal, un poco asfixiado” y no se moría, entonces cerraba el gas, abría la puerta y se iba. La segunda manera consistía en acostarse en las vías del tren; esperaba un rato, “se aburría de esperar tanto” y entonces se retiraba, frustrado.

Ambas situaciones podrían parecer escenas cómicas de un film de Buster Keaton. Podrían servir incluso para ilustrar esa célebre frase de Karl Marx en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte: “La historia se repite primero como tragedia y después como comedia” (parafraseada por Woody Allen en Crímenes y pecados al decir: “La comedia es tragedia más tiempo”). Lo cómico radica en esa distancia.

A propósito de esta última indicación, podría recordarse el pasaje de una obra de Les Luthiers. El predicador Warren Sánchez encuentra a un hombre acostado en medio de las vías del tren, y al preguntarle qué le pasaba, el hombre le responde: “Es que mi mujer me ha dejado”. A lo cual Sánchez agrega: “La verdad es que te podría haber dejado en otro lado”. Sólo que en ese caso se trata más concretamente de un chiste (apoyado en la sobredeterminación del significante dejado).

En el caso del comportamiento del paciente obsesivo hay más bien algo cómico, pero para la segunda persona, para el espectador real o imaginario; nunca para el propio sujeto neurótico, para quien es algo padecido y también gozado: un plus de intoxicación, en el primer ejemplo; o un plus de aburrimiento, en el segundo.

La perspectiva del psicoanálisis va en dirección contraria, promueve una actitud ante la vida compatible con la presencia de ese real que es la muerte. “Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”, decía Freud, parafraseando el dicho: “Si quieres conservar la paz, ármate para la guerra”. Otro tanto podría decirse de la “transitoriedad” de lo perecedero: una actitud de reconocimiento del paso del tiempo y de sus efectos que, para Freud, lejos de conducirlo hacia la depresión, lo fuerza a tomar posición frente a las urgencias de su deseo.

En síntesis, la muerte sólo es graciosa vista desde afuera, cuestión que revela la actitud defensiva que tenemos ante ella. La experiencia analítica se desarrolla en un vector que conduce a la “subjetivación de la muerte”, según los términos de Lacan, a ese “cuerpo sutil de la muerte actualizada”. Ω

http://m.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-55394-2016-07-07.html

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *