“Qué mundo tan maravilloso” (Solamente una canción)

Rubén Sánchez |  Escritor.-

“Radio Universal…” se escuchaba a través de las bocinas del estéreo del taxi “ecológico”, montado en un “vocho”, con la voz bien modulada de un locutor que toda su vida juvenil había escuchado, en la Ciudad de México. Era la misma voz de por lo menos treinta años atrás, inconfundible, agradable y continuaba: “Ahora con ustedes la voz de Louis Armstrong que nos interpreta Qué mundo tan maravilloso”. El vehículo lo había abordado cerca de la Central Camionera del Norte. Eran como las nueve de la mañana de un día domingo soleado, del mes de abril del año dos mil. Había viajado toda la noche en un ADO procedente del Puerto de Veracruz.

Había llegado a México como a las siete de la mañana. Abordó el autobús en la Central del ADO en la Díaz Mirón a las 23:30 horas. Poco antes ya había gastado en dos cervezas “negras”, que se tomó pausadamente en los Portales, frente al Ayuntamiento. Sentado a la mesa escuchó las ofertas de los vendedores de relojes de “marcas prestigiadas”: Rolex, Cartier, Tommy Hilfiger, que inicialmente se cotizaban en doscientos cincuenta pesos. – O bueno se lo dejo en ciento cincuenta… o ya para que te lo lleves amigo: cien pesos. Se escuchaban los ruidos de toda clase de música. Enfrente se encontraba una marimba, en la que tres personas a seis manos ejecutaban “La clave azul” de Lara; atrás un conjunto jarocho, que apenas alcanzaba a hacerse oír, con el “Jarabe Loco”; a sólo tres mesas a la izquierda, un conjunto norteño gritaba, que no cantaba “El chubasco”; a lo lejos un trío algo cantaba y poco antes tres soneros le habían ofrecido un compacto o CD que habían grabado, a solo cincuenta pesos. De soslayo había leído los títulos de las canciones que contenía: “Lágrimas negras”. O aquella que dice: “En el tronco de un árbol, una niña, gravó su nombre, henchida de placer. Y el árbol conmovido allá en su seno, a la niña una flor dejó caer…”, que años antes sólo a su amigo Ciro Vallín, tío de Sergio el de “Maná”, se la había oído, en una plácida tertulia un cálido atardecer en Aguascalientes.

Ya para ese entonces había pasado lista con una vendedora de puros de Cuba; una señora que vendía pepitas, habas y garbanzos, a la que le compró diez pesos de botanas surtidas para acompañar las cervezas; dos vendedoras de servilletas de tela con bordados multicolores, que venían de Oaxaca a vender al Puerto, según le dijeron de por allá de Loma Bonita, la tierra de las piñas. Atrás de ellas venía una chiquilla a imagen y semejanza de sus mayores: negra trenza en el pelo, rebozo anudado al pechito y atrás en la espalda, cargaba un “molote”, que quizás era su muñeco. A ella, le había comprado un chicle de a peso y ella le había dado una sonrisa gratis. La niña, al son de la marimba, se alejó bailando contagiada por el ruido de la música y del ambiente, que solo en el calor del Puerto se encuentra. Ya le habían ofrecido grabar su nombre en un grano de arroz y le habían pasado en una libretita, el repertorio de varios conjuntos de músicos: a treinta pesos la pieza. De la marimba le gustó: “Bonita” de Luís Alcaráz. De los tríos: “Temor” y “Sorpresa”, de Gonzalo Curiel… De los jarochos: “La Bruja” y “El Querreque”, pero no se atrevió a pedir alguna melodía, ya que siempre pensaba que la música había que oírla acompañado, sino producía nostalgia y tristeza.

En el barullo, nunca perdía de vista el reloj de la blanca torre de la Parroquia de la Asunción, checando la hora para agarrar camino al ADO. Eran las nueve de la noche. Ociosamente repasaba las formas arquitectónicas de la Parroquia, concluyendo que eran neoclásicas, pues la había recorrido minutos antes. Vio a San Charbel Mahfuz, quien tenía una multitud de listones de todos colores, en agradecimiento a los favores recibidos, que contrastaba con la austeridad de los “milagros” dejados en otros santos y vírgenes. No había duda: el Santo “más cumplidorcito” era San Charbel, o cuando menos la zona que más trabajaba era el Puerto. También vio lo grandes candelabros que pendían de lo alto del templo, que le llamaron la atención y que meses después leería, que fueron hechos en Europa por ordenes de Maximiliano, pero que ya no los vio, porque antes fue fusilado en el Cerro de las Campanas en Querétaro y para cuando los candelabros de Bacará llegaron, ya sus ojos no eran azules, sino negros, y no eran suyos, sino prestados, de una imagen de bulto de Santa Úrsula, de la iglesia del Hospital Real de tiempos de la Colonia, según Fernando del Paso, en su libro “Noticias del Imperio”.

Poco antes de sentarse a la mesa en los Portales, había caminado por el malecón, se había tomado un café en “La Parroquia”; había bobeado en los puestos de artesanías; se había tomado una nieve en una banquita frente al malecón, viendo los grandes barcos y, ¿por qué no?, había deleitado la vista en las morbideces de las jarochas y en las escuetas formas de las turistas gringas. Se llenó los ojos, el alma y el corazón de la tierra jarocha y sus pupilas se dilataron al ver el vestido rojo, entallado al cuerpo de una dama, de cierta edad, que bailaba acompasadamente un danzón, aquél célebre “Teléfono a larga distancia”, ejecutado por una orquesta, montada en un entarimado frente al edificio del Primer Ayuntamiento de la América Continental.

El viaje había sido rápido, pasando por Córdoba, Orizaba, Puebla y por último México. Una vez saliendo del Puerto, se inicia un ascenso constante hacia el Altiplano y el clima pasa del calor de la costa a los fríos y la niebla del Pico de Orizaba y sus curvas interminables, entre la oscuridad de la noche. Despertó cuando sintió las curvas que se bajan precipitadamente de Río Frío a Chalco, por las faldas de La mujer dormida, pero volvió a cerrar los ojos. Los abrió, hasta sentir los desniveles del suelo y los topes de la Central Camionera del Norte. Compró un café en uno de los establecimientos de la Central y empezó a pensar en donde desayunar, al apetito que le despertaba el café sin azúcar, bien caliente, mientras echaba un vistazo a los periódicos de ese domingo. La gran noticia era la agudización de la huelga universitaria, dizque por que querían aumentar las cuotas a los estudiantes. Eso fue lo que posteriormente conocimos como uno de los tantos intentos o embates a la UNAM, con miras a su pretensión de privatizarla los gobiernos de empresarios “neoliberales” de Salinas, Zedillo y Fox, que en esas andaban. Le gustaba recordar entonces una frase que había leído a Carlos Monsiváis: “Pertenecen a las primeras generaciones de gringos nacidos en México”, calificando a los anteriores gobiernos priístas y al primer panista.

Pensó en desayunar en el Sanborn’s de la Casa de los azulejos, la que visita Catalina Guzmán, protagonista de “Arráncame la vida”, en la novela de Ángeles Mastreta, junto a la Torre Latinoamericana, pero súbitamente pensó en un restaurante cuyo nombre nunca recordaba, que ofrecía muy buenos desayunos, allá por el rumbo de San Cosme y por eso tomó un taxi. En la Calzada México Tacuba, frente al cine “Cosmos” ya cerrado, que se alojaba en un enorme y vetusto edificio herido por el terremoto de 1985 y por las privatizaciones, sonaron las primeras notas de “Qué mundo tan maravilloso”. El rojo del semáforo los había detenido. Volteó hacia la derecha y vio el ex cine y después dirigió la vista hacia la acera. En ella había un cuerpo tirado en el suelo. Con sorpresa vio que era un niño, quizás de ocho o diez años. Vestía un suéter negro y un pantalón azul de mezclilla sumamente raído y sucio. En su cabeza se veía una melena desordenada. A pleno sol de las nueve de la mañana dormía inquieto. Volteaba su cabeza de un lado a otro, como cuando uno despierta, pero aún no quiere hacerlo. Miró el sol, que hería sus ojos y volvió la cara al suelo. Puso sus brazos como almohada y se volvió a dormir. Quizás estaba “crudo” o sufriendo los efectos de las drogas. No sé. En la radio, seguía la melodiosa y ronca voz de Armstrong y su mundo maravilloso. El semáforo cambió al verde y el taxi retomó su rumbo.

En septiembre del año dos mil uno, el día once, en la televisión vimos, como dos aviones derrumbaban las Torres Gemelas del World Trade Center, en New York. Comenzó la primera guerra del siglo XXI… Días posteriores empezó el bombardeo a Afganistán y vimos también las imágenes de niños que morían de hambre y frío, al viajar con sus familias a Pakistán. Y después siguió Iraq.

Y él se pregunta: ¿Y para que necesitamos una guerra? Si a los niños ya los veníamos matando sistemática y eficientemente… Y viene a su mente la niña indígena vendedora de chicles en la plaza de Veracruz; la multitud de niños que viven en las alcantarillas en al Plaza de la Solidaridad y el niño en la banqueta en San Cosme en México, o los niños dormidos bajo el puente peatonal que va para el mercado Escobedo en Querétaro… Y sin embargo aún le sigue gustando la cálida y ronca voz de Luís “Satchmouth” Armstrong cantando “Qué mundo tan maravilloso”, aunque solamente sea una canción. Ω

sanchez50ruben@gmail.com

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