Pérdida de ecosistemas amenaza a la civilización

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Armando Bayona Celis   | Biólogo y Cartógrafo.-

Imaginemos: era un jardín muy grande, un área verde, en la que había una gran multitud de jardineros robot de todas las formas y tamaños, unos diseñados para trepar a las copas de los árboles, otros microscópicos que se enterraban en el suelo, y muchos más, todos controlados por una computadora muy poderosa y bien programada, que además tenía características de Inteligencia Artificial, es decir que aprende nuevas cosas a partir de las observaciones y resultados que se van obteniendo durante el trabajo y las integra en su programa para tomar decisiones que al principio no estaban consideradas.

Cada nueva planta se iba colocando en el lugar que el programa consideraba el más adecuado para su mejor desarrollo (características del suelo, cantidad de luz, etc.). La computadora buscaba una combinación de muchas especies, el mayor número posible, que garantizara el mejor aprovechamiento posible del espacio y la energía; bien distribuidas y armónicas entre sí, y sabía (entre otro millón de cosas) que si domina una sola especie se incrementa el riesgo de plagas.

Escogía por supuesto aquellas especies que requerían el agua y las temperaturas existentes en el área. La proporción entre las especies de plantas, insectos, bacterias, hongos… y su selección, iban variando según los robots observaban cómo se desarrollaban, interactuaban y se relacionaban (la mariposa que poliniza, las hojas muertas que fertilizan…).

A veces, muchas veces, fracasó. Las combinaciones no eran adecuadas, las plantas se morían, las orugas no encontraban un follaje nutritivo, las aves un sitio adecuado donde anidar. La computadora observaba, experimentaba, instalaba nuevas plantas y animales, distribuía de otro modo las que ya estaban o seleccionaba entre las de un mismo tipo, aquellas que pudieran sobrevivir mejor, las mandaba colocar y  se ponía a observar una vez más. Giraba instrucciones, correcciones mínimas a los muchísimos robots a razón de varias por segundo. El trabajo era inmenso… Y no importaba el número de veces que se fracasara. Había tiempo. Muchos años, miles de años para lograr el objetivo.

Por fin, después de mucho tiempo, ensayos y cuidados, llegó un momento en el que los cientos o miles de especies en el área verde parecían haber alcanzado una madurez, un equilibrio tal que ya había pasado un tiempo considerable sin que fueran necesarias las intervenciones de los robots; el área con todos sus seres vivos, su clima, su suelo… dentro de variaciones tolerables, se mantenía por sí misma.

La computadora, los robots, entraron  entonces en estado de suspensión. Pero no dejaron de observar, porque si algo comenzara a salirse del equilibrio alcanzado, tendrían que volver a intervenir. Habían fabricado un ecosistema.

En el proceso de formación de un ecosistema natural, hasta el estado de equilibrio que los ecólogos llaman clímax, las fuerzas que lo modelan no son computadoras y robots, sino los factores ambientales que permiten a ciertas especies o individuos instalarse o prosperar en un determinado terreno, relacionándose con otras especies; comiéndolas, aprovechando su sombra, y en otras mil formas; y hacen que otros desaparezcan.

La complejidad de los ecosistemas es tan grande, que sólo en muy pocos casos hemos logrado entender algunas de las relaciones y procesos principales que los caracterizan. El mismo concepto de “equilibrio”, como se enseñaba cuando estudié hace varias décadas, hoy  se considera como la resultante de varios factores, que de ninguna manera es una garantía de estabilidad. La naturaleza no tiene propósito: igual se mantiene estable un bosque por cientos de miles de años, que hace erupción un volcán y lo incendia completamente en cosa de semanas.

Los ecosistemas son frágiles, como cualquier sistema muy complejo. Y a nadie le interesa que prevalezcan… excepto, claro, a nosotros.

Así fue: los seres humanos comenzaron su existencia a partir de otra especie y evolucionaron desde carroñeros y a cazadores en los ecosistemas de sabana que se iban formando al hacerse más seco el clima de las llanuras africanas, hace unos pocos millones de años. Y en sus viajes de cacería, que se convirtieron en larguísimas migraciones, conocieron y se adaptaron a los ecosistemas que iban encontrando a su paso; a los recursos, las presas y los refugios que había en cada uno. Siempre, siempre, como una más de las especies de los ecosistemas.

Que las primeras religiones hayan venerado a la naturaleza como una madre es la consecuencia de la íntima y constante relación de los humanos con los ecosistemas de los que formaban parte. La Naturaleza era sagrada y la gente sólo uno más de los hijos de ese todo incomprensible, temible u hospitalario.

Así como otros tienen el olfato, los colmillos o la velocidad, la tecnología es nuestra herramienta de supervivencia. Se desarrolló como fruto de la experiencia, del ensayo y error, y se convirtió en rituales cuya razón de ser olvidamos, pero indispensables para la sobrevivencia de las comunidades humanas primitivas (en el sentido de primeras, no de salvajes que se le dio luego).

Algunas tribus de Amazonia o Sudáfrica, casi extintas hoy junto con sus culturas, nos permitieron conocer cómo desarrollaron a lo largo de milenios tecnologías muy sofisticadas para el aprovechamiento integral de un ecosistema del que forman parte: herramientas, implementos de caza y pesca, calendarios para las diversas actividades, mobiliarios, medicamentos, control de la población y muchos etcéteras, todas ellas muy bien acopladas a la biodiversidad y los ciclos estacionales o multianuales de las poblaciones de seres vivos en tal ecosistema. El resultado es un equilibrio dentro de un aprovechamiento eficaz de los recursos, a eso que hoy le llaman sustentable.

Con el desarrollo de la agricultura se dio un nuevo y más profundo avance tecnológico, o más bien, numerosos avances en cada comunidad humana y el ecosistema en el que vivía. Se domesticaron plantas y animales (en el caso del maíz se podría hablar de la creación de una nueva especie rediseñada para nuestros propósitos) y se desarrollaron ecosistemas humanizados, agroecosistemas complejos y sofisticados, alrededor de las aldeas, con una gran cantidad de especies alimenticias, medicinales, fuente de materiales para instrumentos, energía, o usos rituales, acopladas entre sí y con las propias comunidades humanas.

Hasta aquí, los humanos aprovecharon y construyeron en general sintiéndose parte de un ecosistema, paciente, sobria, parsimoniosamente, como corresponde a los hijos de una Madre sagrada a la que se pertenece y respeta sin condición alguna. Esta es aún la forma de ser y vivir de los pueblos indígenas en muchas culturas tradicionales actuales.

Las cosas comenzaron a cambiar cuando a la austeridad en la que vivió la especie humana por muchos milenios, la remplazó la suntuosidad de los faraones, dioses vivientes que exigían enormes templos, mausoleos, conquistas, esclavos y oro, y por tanto, tala de bosques, sojuzgamiento de culturas, esclavización de la gente para explotar, más allá del punto de equilibrio o sustentabilidad, los que  habían sido bienes de todos.

Esto produjo a lo largo de la historia ya diversos desastres ambientales, unos documentados, otros inferidos a través de investigaciones arqueológicas. Los imperios, las grandes ciudades, fueron arrasados, abandonados a causa de cambios climáticos provocados, epidemias, plagas, escasez de agua y alimentos, revoluciones… Un fundamentalista diría: fueron castigados por no respetar la ley de la Madre Naturaleza.

Hoy la explotación de la naturaleza es obscena, monstruosa. El nuevo dios del progreso, necesariamente con crecimiento, exige el acabar con los espacios naturales que aún quedan, arrasar con la vegetación y el suelo (formados, como vimos, a través de procesos muy complicados y lentos, que ignoramos en su gran mayoría), para producir mercancías, viviendas, joyas, vehículos, equipos electrónicos mucho, mucho más allá de lo necesario.

Lo que antes era esencia de las culturas; el apego a los ritos que tenían sentido práctico para la sobrevivencia permanente, de cada comunidad, hoy ha sido remplazado por un afán globalizado de cambio que promete la felicidad y la realización de nuestras vidas, pero que sólo (y siempre) trae consigo la destrucción de lo natural y el empobrecimiento de las mayorías, a niveles que probablemente alcanzaron el punto de no regreso.

La pérdida de los ecosistemas amenaza claramente a nuestra civilización. Y, por supuesto, es imposible restaurar un ecosistema con reforestaciones y otras técnicas actuales, que sólo producen monstruos tipo Frankenstein. Lo único que sirve es dejarlo en paz… Y esperar décadas o siglos.

O ¿Qué tal dejar ya de destruirlos. Ω

bayotenal@yahoo.com.mx

One Response to Pérdida de ecosistemas amenaza a la civilización

  1. […] escrito aquí varias veces sobre lo que es un ecosistema (http://ketzalkoatl.com/perdida-de-ecosistemas-amenaza-a-la-civilizacion/). No son muchos arbolitos lindos que viven en un lugar. Es una complejísima red de seres vivos, […]

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