No se divorcie de sus hijos

divorcio

Miguel Ortiz  | Psicoanalista.-

Los divorcios en México han aumentado 120 por ciento en el siglo XXI. En el año 2000 hubo 49 mil 271 divorcios, pero el número creció a 108 mil 727 casos en 2013, último año contabilizado por el Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGI, 2013).

Es cada vez más frecuente que muchas parejas acudan a consulta psicológica preguntando cómo han de hacer con los hijos ante la posibilidad de un divorcio. El divorcio se vive de muchas maneras, para algunas personas significa un difícil proceso necesario, para otros un alivio conseguirlo, en todo caso es necesario elaborar un duelo. Toda pareja es única y los procesos de divorcio son singulares para cada uno de sus integrantes. Por lo que en una pareja que se está divorciando, en realidad se trata de dos divorcios, uno por cada uno de los miembros de la pareja.

Es mejor estar bien separados que mal unidos y de entender que de los hijos no es posible divorciarse. Se trata de que la situación sea lo menos conflictiva posible y que se clarifiquen los vínculos. Comprobar dichos efectos es una prueba de salud mental y  validez de una ruptura conyugal. En la práctica es difícil llegar a resolver una separación sin un grado inevitable de discrepancia afectiva. La crisis del divorcio suele acompañarse de cierta crisis en el desempeño de las funciones parentales.

De las situaciones que generan más estrés en la vida es el divorcio. Hay divorcios o  separaciones conflictivas que hacen de la relación con los hijos, campos de batalla de actuaciones psicopatológicas. Se suele tratar de adultos más enfocados en satisfacer sus demandas narcisistas a través de la familia que en asumir su función parental, y que instrumentan a través de los hijos, odios, rencores y pasiones ocultas. Son casos que generalmente llegan a los tribunales. Lo mejor es que las separaciones adultas se gestionen en el plano interpersonal y la de los tribunales sólo para resolver cuestiones legales y económicas. Es deseable que los padres sean en todo momento los padres y que les interese el bienestar de sus hijos.

Para la familia a menor capacidad de enfrentar el duelo en el divorcio, mayores niveles de violencia, con el consecuente peligro para los hijos y para los futuros ex cónyuges. Es un duelo difícil porque implica asimilar la pérdida de ilusiones y planes. El divorcio suele vivirse como un fracaso, debido a la extendida creencia de que el amor es eterno. Es por esto que el psicoterapeuta debe ayudar a la pareja a asumir que el amor, como todo, nace y muere.

Para los hijos será necesario elaborar la nostalgia por la estructura familiar que se pierde, los altibajos anímicos de los padres, que suelen empujar a los hijos a asumir el rol de cuidadores de uno o de ambos padres. Una paciente de nueve años ante la pregunta de qué desea de cumpleaños, dijo: “quiero que mis papás se vuelvan a casar”.

La familia no termina con un divorcio, se reconfigura. Se modifican los vínculos con las familias de origen, para los hijos son cambios en la relación con sus abuelos, tíos y primos, además de cambios económicos, de estilo de vida, de vivienda y hasta de ciudad, a veces distanciamiento entre hermanos. Nadie deja de ser padre ni de tener hijos, cambia la dinámica de los integrantes; lo que tiene fin es el vínculo matrimonial con la pareja. Esto es uno de los aspectos que conviene tener en claro, puesto que permite a los hijos saberse queridos por sus progenitores, les evita la sensación de abandono y sobre todo, los protege de la idea de ser responsables de la ruptura, cuestión que no deben tomar a cargo de ninguna manera.

La imagen y conceptualización que cada progenitor trasmita del otro a los hijos, es clave para preservar el vínculo y la función parental. Qué es mamá para mi papá o viceversa, serán fuertes cimientos en la organización de la identidad de los hijos. A pesar de la ruptura sentimental de los padres, los hijos necesitan sentir que continúan siendo el proyecto en común de sus padres. En buena medida los padres buscan hacerse cargo de su función parental, sin embargo aún personas con buenos recursos yoicos en el momento de la separación padecen de muchas carencias, por lo que es necesario que encuentren apoyo psicológico profesional. Tal y como Aguiar y Nusimovich lo plantean. (“Separación matrimonial y segundos matrimonios”, en La pareja. Encuentros, desencuentros, reencuentros.)

Los divorcios en los que no hay un acuerdo genuino terminan de una sola manera: padres enojados generan conflictos en los hijos. Cuando hay problemas por la custodia, es que para los padres los hijos son la prolongación de uno o de otro, por eso a veces los hijos son hijos de uno y a veces son hijos del otro, o sea que se tratan como si fueran hijos propios y luego como si fueran hijos del enemigo. El matrimonio a veces compensa precariamente patologías psicológicas individuales, que se hacen patentes al romperse en el divorcio.

Los hijos no se pueden separar de los padres. Un hijo para serlo tiene que saber que todos los humanos provienen de padre y madre en funciones. Hay divorciados que no terminan de separarse porque no terminan de vengarse. Muchas veces, por parte del hombre, por su sometimiento a la mujer que le  compensó una impotencia y que le recuerda que es impotente; y cuando se trata de la mujer, porque no termina de vengarse del hombre que la hizo conocer un goce y le recuerda su incompletud.

A los hijos siempre les importarán y dolerán sus padres. Por ello a pesar de las dificultades en la separación de los padres, se pueden promover comportamientos parentales que preserven y protejan a los hijos:

-Proveerlos de información veraz, clara, especialmente la que ellos piden. Que no se les mienta ni se les culpe de lo que pasa, que no se desmerezca al otro padre en relación a su amor por el hijo. Que no se les oculte lo que ocurre. Que haya disposición a acompañarlos, consolarlos y asistirlos, que no haya guerra entre los padres. Que se les dedique tiempo. Que los padres procuren tener buenas vidas, que los hijos no se conviertan en los padres de sus padres, que los padres pierdan el miedo a sus hijos: que no coloquen a sus hijos como conciencia moral y teman sus  juicios.

Los divorcios no tienen que ser hostiles ni estar llenos de odio. Se puede manejar la separación  con respeto, dignidad y responsabilidad parental, apoyándose en ayuda psicológica profesional. La labor de un psicoterapeuta será ayudar a pensar, a encontrar soluciones y nuevas ideas, como el pensar la nueva cotidianidad entre hijos y padres divorciados, que se adapte a la singularidad de la familia y permita que las funciones de la parentalidad sufran el menor daño posible. También ayudar a pensar y discutir en qué temas se les puede pedir la opinión a los hijos y en cuáles no.

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psicmiguelortiz@gmail.com

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