“Ni se provocará la erosión de los suelos”*

(*Ley General de Desarrollo Forestal Sustentable, Art. 117)

Armando Bayona Celis   | Biólogo y Cartógrafo.-

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Quizá el componente del medio natural más poco comprendido y menospreciado, es el suelo.

Aunque todos creemos saber qué es el suelo, poca gente se ha puesto a pensar a fondo sobre él. Esto ocurre en parte porque no es fácil saber qué es suelo y qué no; donde empieza y hasta donde llega el suelo.

Sabemos que gracias al suelo existen las plantas cultivadas que nos alimentan directa o indirectamente; que el suelo les da el sostén, los nutrientes y el agua que requiere su crecimiento.

Probablemente también hemos oído que los suelos se agotan; que entonces hay que fertilizarlos; o que se erosionan, es decir, se pierden parcial o totalmente y entonces disminuye o deja de existir su capacidad de sostener y nutrir a las plantas. Si se erosionara totalmente el suelo, una de las fuentes principales de producción de alimentos (las otras son la pesca y la creciente agricultura en invernaderos) se perdería y la humanidad tendría problemas de hambre mucho más serios que los actuales.

Pero hay otras funciones que el suelo lleva a cabo, que no son tan evidentes o aparentemente útiles. Destacan la capacidad de almacenar y conducir agua hacia el subsuelo, y la de almacenar carbono en forma muy estable.

En el proceso de formación de los suelos, las rocas se disgregan y los minerales que las componen tienden a cambiar, a convertirse en otros muy distintos, porque están expuestos a una atmósfera en la que abunda un gas muy corrosivo, que no se ha encontrado en ningún otro planeta conocido hasta hoy, dentro o fuera del Sistema Solar: el oxígeno.

Además hay otro factor igualmente drástico: los seres vivos. Los organismos “contaminan” la superficie terrestre, penetran en los poros de las rocas, emiten ácidos que arrancan los nutrientes a las partículas minerales, y producen toda una serie de sustancias que pueden combinarse con los minerales o alterarse mutuamente.

Entre ellas las más importantes son los llamados ácidos húmicos y otras sustancias que en general conocemos como humus. El humus es un factor esencial para la formación de un grupo de minerales cristalinos, las arcillas, que son los principales almacenes de nutrientes para las plantas.

Las arcillas y el humus también retienen agua en cantidades mucho mayores de las que sería posible en un suelo formado sólo por partículas de roca.

Y el humus es una forma de materia orgánica sumamente estable que puede durar cientos y aun miles de años sin descomponerse, almacenando grandes cantidades de carbono que no se devuelven a la atmósfera y que podrían (como ya ha ocurrido) convertirse en depósitos de combustibles fósiles para dentro de millones de años.

El suelo tarda en formarse mucho, mucho tiempo. En países templados se ha observado que un centímetro de suelo fértil puede tardar 100 años en formarse. En climas como los nuestros, podría ser quizá el doble de rápido, pero aún así un suelo de 60 cm de profundidad se llevaría unos 3000 años en formarse.

Los seres humanos establecieron una relación muy íntima con el suelo, desde el desarrollo de la agricultura. Un agricultor tradicional indígena (en la Huasteca, Bélgica o China) conoce el suelo donde ha sembrado él toda su vida, y su padre y su abuelo… mucho mejor que el más calificado de los expertos. Sabe cómo reaccionará en un año seco o húmedo, al sembrar tales o cuales cultivos, cuando hay que darle descanso o labrar de otro modo, y mucho más. El suelo es parte esencial de la cultura milenaria de los pueblos agrícolas del mundo.

Captura de agua y retención de carbono son dos de los más importantes servicios ambientales, esenciales para prevenir y mitigar el calentamiento global ya en marcha, por si no fuera suficiente ser el soporte físico, nutrir y proporcionar agua a toda la vegetación terrestre del mundo, natural o cultivada.

Quizá todo lo anterior parece muy técnico. Lo que he tratado de dejar en claro es que el suelo es un ente excepcional, no renovable, e indispensable para la sobrevivencia de la humanidad y el combate al calentamiento global.

Pero ¿A cuánto ascienden los servicios ambientales que proporciona el suelo?

Dejemos la captura de agua para otro día y hablemos hoy del carbono

El Centro Queretano de Recursos naturales, basado en los datos de análisis de suelos y la cartografía del INEGI, calculó la cantidad de carbono almacenado en los suelos queretanos: casi 187 millones de toneladas (casi 717 millones de toneladas de CO2, si las dejáramos perder a la atmósfera). En las zonas urbanas hubo, cuando tenían vegetación y suelo naturales, un poco más de 4.6 millones de toneladas de carbono, que se han perdido en su mayoría excepto en baldíos y aquellos jardines que aprovechan el suelo existente.

Para tener una idea de cuánto son 717 millones de toneladas de CO2, datos sobre las emisiones de CO2 producidas por vehículos automotores en el estado de Querétaro indican que en 2011 estos eran de poco menos de 4 millones de toneladas anuales (Proaire). Casi 200 veces menos que lo que está retenido en nuestros suelos.

Y ¿Cuánto vale una tonelada de carbono?

No lo sabemos. La SEMARNAT y la CONAFOR pagan a los propietarios hasta mil cien pesos al año por cada hectárea de bosque que se conserve, si pertenece a ciertos tipos, pero no se ha hablado gran cosa del suelo.

Por otra parte, hay una discusión importante sobre el costo económico y social del carbono. Una tonelada de bióxido de carbono emitida tiene un costo económico, unos 40 dólares de acuerdo al gobierno estadunidense.

Pero especialistas de varios países llevan el valor hasta 220 dólares por tonelada, si consideramos el daño a los ecosistemas, a la calidad de vida de la gente, el agotamiento de recursos, que hace que la propiedad pierda valor, entre otras cosas; los servicios de educación, salud, transporte que no es posible pagar porque hay que traer agua muy cara desde lejos, en fin, lo que se llama costo social.

Doscientos veinte dólares por tonelada… En un suelo cubierto por vegetación de matorral en los alrededores de la ciudad de Querétaro, digamos en El Cimatario o la Peña Colorada, hay 150 toneladas de carbono (convertido a CO2, son 575 toneladas) en cada hectárea, que tendrían un valor ambiental-social de casi ¡2.3 millones de pesos!, sin contar con los servicios de captura de carbono que realiza la vegetación, ni la captura de agua hacia el subsuelo.

Pero regalamos y tiramos nuestro suelo. Ilegalmente, además. Veamos.

La Ley General de Desarrollo Forestal Sustentable (LGDFS), en su artículo 117, que trata de cómo se puede cambiar el uso del suelo de un terreno forestal (como la Peña Colorada, El Cimatario y varios otros en los alrededores), dice que hay 4 criterios que deben cumplirse para que la SEMARNAT autorice, por excepción (o sea, a veces), dicho cambio.

El segundo de los criterios es “Ni se provocará la erosión del suelo” Si se provoca la erosión, el terreno no puede cambiar su uso forestal, que es en esencia, seguir sustentando la vegetación.

Erosión no es otra cosa que la pérdida del suelo por acción del agua, del viento y/o la intervención humana: de ese suelo que es tan valioso y tarda tanto tiempo en formarse. Por eso una Ley Federal lo protege, al menos en zonas con vegetación forestal.

Cuando se elimina un matorral o un bosque para dedicar la tierra a la agricultura, el suelo probablemente se erosionará a un ritmo mayor que cuando posee vegetación. El agricultor que ahora cultiva lo que era vegetación forestal debe prevenir esa erosión, sí, trabajando más: arando con surcos a nivel, terraceando, sembrando magueyes en el límite más bajo de su parcela, en fin, evitando en todo lo posible que se pierda un solo kilo de suelo. Si lo hace bien, no se provocará la erosión de los suelos, que es el mandato de la Ley.

Cuando se elimina un matorral o un bosque para construir un fraccionamiento, hoy en día se tiran las plantas con maquinaria, y esto (probablemente han visto estas tierras arrasadas) arranca de inmediato la capa superficial del suelo, junto con las raíces. Después las máquinas excavan todo el suelo hasta el tepetate y se lo llevan… a tirar. Por lo tanto, en estos casos es irremediable la erosión de todo o casi todo el suelo en cuestión de días o semanas. La erosión se provoca, se ejecuta sistemática y eficazmente y las autoridades encargadas de que se cumpla la LGDFS, la SEMARNAT y el Consejo Forestal del Estado autorizan u opinan positivamente, según su competencia, una y otra vez estas acciones que, a mi modo de ver, son ilegales, ya que desobedecen a la letra y al espíritu de la Ley.

El suelo será probablemente llevado a rellenar antiguos bancos de material, en donde, varios metros debajo de la superficie, el humus se descompondrá y lixiviará en formas que no se han estudiado, en combinación con desechos, escombros… O simplemente se dejará en montones en tiraderos de escombro. Nunca, que yo sepa, se ha usado para restaurar suelos erosionados.

Me dirán; ya me han dicho: “¿Cómo quieres entonces que crezca la ciudad?” Yo no quiero que crezca, pero si ustedes gustan tener una ciudad más grande: por cada hectárea de terrenos forestales en los municipios del centro y sur del estado, al menos hay dos en donde no hay vegetación forestal y por desgracia se puede provocar la erosión del suelo legalmente. Ω

bayotenal@yahoo.com.mx

Imágenes de Armando Bayona,  “Tiradero de Sanfandila”

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