Mal de ojo (Como en una pesadilla)

mal

Rubén Sánchez |  Escritor.-

Había una luna llena, opaca, como una enorme gota de miel en el horizonte, cuando se fue a dormir, después de cenar fuerte. Se lavó los dientes. Se echo un poco de agua en la cara y cuando se llevó las manos a la cabeza  para alisarse el pelo, en la frente sintió un ligero dolor, pues en el mero centro tenía una pequeña protuberancia, que pensó era un barrito enterrado. Al poco rato, en el umbral de los sueños, sentía latir aquella pequeña “cosa” que vivamente crecía y ya le abarcaba toda la frente. Empezó a sentirse incómodo y con una gran dolencia en la cabeza, que le hizo desear tomarse varios analgésicos para el dolor insoportable. Al poco rato, cuando en sus sueños se vio al espejo, no pudo dejar de horrorizarse, pues tenía un gran tumor que había adquirido un color violáceo, con ciertas venas verdes que ramificaban hacia los ojos, las sienes y le abrazaba la nariz, llegando a las mejillas y  casi a los labios.

Había discutido con Valeria por la tarde. Se dijeron muchas cosas. Ya se les había echo costumbre pelear por lo más mínimo y en las últimas ocasiones se ofendían; pero ésta vez se habían dicho hasta “de lo que iban a morir” y otras lindezas. Lo cierto es que regresó a casa con un vago dolor en la boca del estómago y recordó las palabras de su novia: ¡Te voy a matar, aunque sea de un coraje! Y al último la sentencia: ¡Pero te vas a acodar de mí! Y le dedicó una mirada llena de rencor. Al recordar estas últimas palabras, fue que cayó en la cuenta de que quizás estaba embrujado. Recordó: había tomado un café en su casa y lo había acompañado con un pan casero, que le supo muy ácido, a lo que Valeria respondió que se le había pasado un poquito de levadura. Más se enojó por que ella no quiso salir a despedirlo a la puerta del zaguán en donde quería aprovechar un poco la ocasión, para estrecharla fuertemente y darle unos besos y de allí, lo que siguiera era bueno.

Inquieto, pensó prepararse un remedio. Según él: se aplicó fomentos de manzanilla con árnica en la frente. Se tomó un te de Tila. Se taponó los oídos con ruda, pues sentía le iban a estallar. Ya para ese rato una coloración verdosa le había invadido las orejas. Desde el cuello empezó a llenarse de salpullido, que le ocasionaba una comezón insoportable. Le corría por el pecho, el abdomen y el bajo vientre… Le empezaba a cubrir los muslos y bajaba por las piernas hasta los tobillos y las plantas de los pies, mientras las manos estaban rojas e hinchadas. Le invadía un desasosiego que no se calmaba por nada, ni aún cuando desesperado se bañó con agua fría y se quedó largo tiempo con los ojos cerrados bajo la regadera. Confirmó su sospecha de embrujamiento cuando quiso verse en el espejo pero los ojos eran una masa casi  imposible de abrir.

A primera hora, según sus planes, se iba a levantar temprano, para que nadie lo viera e iría a los puestos del mercado Escobedo, en donde venden remedios para el “Mal de ojo”, hechizos, amarres, dominios o de plano para la brujería, ya que lo que él tenía era propio de la “magia negra”, según lo creyó. Allí, estaba seguro, le recetarían se bañara con un jabón especial, aplicara lociones y regara “aguas curadas” en la puerta de su casa, en el automóvil y rezaría conforme le dijeran; además, colocaría las velas y las varitas de incienso color púrpura con aroma dulzón para limpiar el aire infectado que le estaba causando tantos estragos.

De no percibir mejoría alguna, tendría que hacer un viaje rápido a la Ciudad de México e ir, sin pérdida de tiempo, al antiguo “Mercado Sonora”, en Fray Servando Teresa de Mier y Anillo de Circunvalación, en donde comienza la Calzada de la Viga, inaugurado el mismo año del temblor de 1957, en el barrio de la Merced. Allí encontraría de todo: jabones purificantes, pirámides energéticas, piedras que al quemarse liberan “las malas vibras”, hierbas milagrosas, animales para el sacrificio (gallinas y gatos), la lectura del tarot y gente dedicada  a la “Santería”.  Seguramente encontraría remedios y brebajes que le curarían. Y si no, entonces contrataría los servicios de un brujo o bruja para que le dieran una limpia con “pirúl macho” o recorrieran un huevo por todo su dolorido y maltrecho cuerpo, y que al estrellarlo en un vaso con agua, podría ver las horribles y malignas figuras obscuras que se habían formado dentro. En todo caso pagaría lo que le pidieran para que el hechicero o brujo hiciera todo lo que estuviera en sus manos para deshacer el maleficio del que era víctima y que lo mismo servirían para aliviarlo, curarle un catarro, quitarle el daño o deshacerle una posible incontrolable pasión amorosa.

De no resultar el alivio de sus males, como él lo tenía previsto, entonces viajaría a Catemaco, al sur de Veracruz, por Los Tuxtlas, la capital de la brujería y llegando buscaría al brujo con mayor fama, Gonzalo Aguirre Pech, para que le aliviara de este suplicio. Ya para ese momento sería una llaga purulenta todo su cuerpo y de los poros le empezaría a salir una especie de pus, espesa y apestosa, de un color amarillento, como narra Juan Rulfo que le pasó a Tanilo Santos, en su cuento “Talpa”, de “El llano en llamas”. En todo caso iba decidido a curarse y que le confeccionaran un talismán o amuleto, ya fuese “ojo de venado”, un costalito con piedras de cuarzo o un trozo de metal grabado para protección de todo tipo de males, en lo sucesivo.

De no funcionar los brujos ni los curanderos y fallar la protección de los amuletos, entonces recurriría a la medicina homeópata. En todo caso, cuando pasara de regreso, ya sanado o en vías de curación, como medida preventiva buscaría el consultorio de Chaín, quien hacía años había emigrado para Tlacote a embotellar “agua milagrosa”, que al parecer, fue mejor negocio que los “chochos” que vendía en las afueras de Orizaba y Río Blanco, pero que quizás dejó “escuela” por aquellos lugares.

Y si ni así experimentaba mejoría alguna, entonces todavía quedaba la medicina alópata: análisis de orina, toma de muestras de sangre, determinación de la glucosa, parásitos intestinales, radiografía, tomografía, encefalografía, cardiogramas y todos los análisis científicos habidos y por haber, en el suplicio del servicio médico del Seguro Social, el ISSSTE o en el peor de los casos en el Seguro Popular. Se veía llegar a una junta de eminentes y reconocidos médicos que opinarían sobre su extraño caso, del cual no encontraban explicación razonable alguna. Ya para esos días todo él era una masa informe y purulenta, en el peor de sus sueños. Líquidos espesos le escurrían por todo el cuerpo llagado y llenaban de un aire infecto todo el ambiente, del cual todos se protegían con trajes especiales, para evitar contaminación alguna del terrible y desconocido mal que le aquejaba.

Por último, se refugió en la religión y se aferró a los rezos que de niño le habían enseñado en la “doctrina”. Y como entonces rezó, hincándose como pudo, a la orilla de la cama del hospital, en donde ya había sido desahuciado, como en una pesadilla…Y fue entonces cuando escuchó su voz lejanamente rezando un Padre Nuestro. Sintió sus lágrimas recorriéndole la cara. Temblando, al borde de un infarto y suspirando: ¡Despertó¡ Se asomó por la ventana y en el cielo brillaba una luna luminosa, redonda y plateada. Medio dormido y asustado, se vio al espejo y sonrió discretamente al recordar los expresivos ojos negros de su novia… a quien seguramente vería mañana. Se tocó la frente y había en ella, en el mero centro, un pequeño barrito… Dolía.  Ω

sanchez50ruben@gmail.com

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