La multiplicación productiva de microempresas

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Enrique Kato | Economista.-

Desde finales del siglo XIX, el científico social Vilfredo Pareto popularizó el principio 80-20. Los datos de su época revelaban una consistente distribución donde el 20% de la población era propietaria del 80% de la tierra o la riqueza, fenómeno que ocurría en varias ciudades europeas. En la actualidad sigue vigente este principio y su uso se ha extendido. Es frecuente escuchar conversaciones donde se afirma que el 20% de los colaboradores de un equipo hacen el 80% del trabajo o que el 20% de los clientes representan el 80% de las ventas. Para el propio Pareto este principio debía aceptarse provisionalmente como universal.

Para muchas personas en áreas gerenciales, o de toma de decisiones, se asume que se puede ser más eficiente al atender el 20 por ciento de los productos o procesos principales, porque éstos explican el 80 por ciento de los resultados. Al día de hoy, resulta difícil determinar la trascendencia de la aportación de Pareto. Para Robert Shiller, premio Nobel de Economía, ninguna idea por si sola crea una fortuna, pero en su conjunto sí son fuente de riqueza. La contribución social de los economistas suelen ser ideas, como las de Pareto, que sirven para administrar negocios o para procurar el mejor funcionamiento de la producción. En Estados Unidos se estima que cada uno de los 20 mil economistas activos ha creado ingresos adicionales por $100 millones de dólares (Project Syndicate, 16/01/2015).

Se conocen muy pocas leyes en el campo de las ciencias sociales. Quizá, la más popular, sea la ley de la oferta y la demanda que intenta explicar el aumento o disminución de los precios con base en la escasez de productos o a causa del exceso de producción. De hecho, el principio de escasez es la piedra angular con que se formula el análisis económico contemporáneo. A modo de ejemplo se puede citar las acciones frecuentes de los gobiernos estatales para atraer inversión extranjera, con el propósito de aumentar el escaso número de empresas en sus regiones, incrementar los insuficientes empleos y, en la medida de lo posible, aumentar los bajos salarios causados por el abundante desempleo y subempleo.

Otra ley, menos conocida, es la ley de Wagner, establece que el presupuesto público aumenta en la medida que una sociedad alcanza mayores niveles de desarrollo. Esta formulación se sintetiza como desarrollo y gasto público crecientes, lo que se traduce en una mayor presencia social del Estado, sea para garantizar niveles mínimos de bienestar, para promover adelantos tecnológicos, para procurar el sistema de justicia y la infraestructura necesaria que requieren las actividades de mercado. La ley de Wagner establece una relación directa entre gasto público y desarrollo. Un contraejemplo permite ilustrar su relevancia. En Europa del sur o en Latinoamérica la crisis de las finanzas públicas se asocia con economías débiles, con alto desempleo y servicios públicos deficientes. Se infiere que la existencia del Estado es precondición de la economía de mercado. Por tanto, la base del bienestar social radica en la fortaleza del Estado.

En México, para muchos analistas, el bajo nivel de desarrollo no es atribuible ni a la corrupción ni a la debilidad del Estado, sino al escaso financiamiento y sobre todo al elevado número de empresas de tamaño micro o pequeñas que constituyen el entramado productivo nacional. En el más reciente censo económico el país contabilizó seis millones de establecimientos, de los cuales cinco millones son micronegocios; una proporción como la que predice el 80-20 paretiano. El problema del bajo desarrollo lo asocian con el elevado número de micronegocios y con el síndrome de Peter Pan haciendo referencia a las empresas que permanecen sin crecer a lo largo de toda su vida (The Economist, 17/05/2014). En psicología, una persona con el síndrome de Peter Pan es la que se resiste a crecer y que presenta un desfase patológico entre su edad cronológica y su madurez efectiva. Convendría precisar si la falta de crecimiento de los micronegocios es por elección de los dueños, por alguna patología o por un ambiente de negocios adverso.

La satisfacción que se obtiene en el trabajo no es únicamente monetaria. Al respecto destaca la autodeterminación que plantean los estudios de psicología. En particular, quienes son dueños y administran sus propias empresas reciben una recompensa implícita a causa de su autonomía laboral y a la flexibilidad que tengan para definir sus actividades. Por ello, se afirma que la satisfacción laboral es un indicador más amplio y revelador que el ingreso recibido (Work Satisfaction of Employers, Tinbergen Institute, Países Bajos, 2015). En parte, los millones de trabajadores por cuenta propia y empleadores son evidencia de una elección racional, donde ser el patrón de uno mismo conlleva una mejor situación (satisfactoria y monetaria) comparada a las condiciones de un asalariado. Para muchos microempresarios su situación es óptima, en su mayoría las encuestas reportan que la mayoría continuarán dirigiendo sus negocios sin cambios importantes. Muy pocos reportan la necesidad de hacer crecer sus negocios, contratar más personal o tramitar algún crédito. Para los empresarios que sí identifican oportunidades de mejora, éstas suelen ser: incrementar la calidad de sus productos o servicios o realizar ajustes a sus planes de negocio.

Las empresas de mayor tamaño, aquellas organizaciones con más de 250 personas, dan empleo a uno de cada cuatro trabajadores en México. Se sabe que las empresas u organizaciones de mayor tamaño suelen tener mayores niveles de productividad. Bajo esta concepción, se postula que una economía con empresas más grandes podría generar más ingresos y proveer un mayor nivel de vida para la población. Quizá por ello, una promesa frecuente en las campañas políticas es otorgar créditos para financiar proyectos que permitan ampliar las instalaciones, comprar maquinaria, pagar capacitación o cualquier otro mecanismo que contribuya a incrementar las ventas y contratar a más trabajadores. Al paso de los años se descubre que suele ser muy pequeña la bolsa de créditos otorgados y escasa o nula la creación de empleos. La encuesta a micronegocios, auspiciada por la Secretaría del Trabajo, revela que sólo tres de cada 100 microempresarios tiene como principal problema la falta de créditos o financiamiento. En cambio, las problemáticas más frecuentes son la falta de ventas, el aumento de los costos y, por ende, la baja rentabilidad. Aun así, una proporción alta respondió no tener ningún tipo de problemas; aproximadamente, uno de cada cuatro.

En términos generales, la falta de financiamiento no es un problema determinante porque una amplia mayoría de los negocios utilizan como capital inicial ahorros personales, familiares y, en ocasiones, las liquidaciones que se reciben de empleos previos. En cambio, parecería ser una constante, en todos los países, el reto que tienen las pequeñas empresas respecto al aumento de costos y las ventas bajas. En Inglaterra, la compañía de seguros Zurich reportó una cifra elevada de negocios que en los últimos 12 meses habían considerado cerrar (18% en Inglaterra vs. 5% en México). La problemática de estos empresarios no era únicamente un asunto interno. Porque aunque algunos habían considerado cerrar sus negocios, una proporción mayor -uno de cada tres- respondió que en los últimos doce meses había aumentado el riesgo de fracaso (The growing resilience of UK SMEs, 2013).

En la teoría económica vigente la mayor parte del Siglo XX se creía que una nación de ingreso alto se lograba mediante la industrialización y programas ambiciosos de modernización productiva. Los cambios en las formas de organización y producción, hacia el final del siglo, abrieron nuevas rutas para el enriquecimiento de las naciones: la revolución de la electrónica de la década de 1980, la informatización de 1990 y la digitalización de casi todo en los años 2000. Ha transcurrido un número suficiente de años para que, además de los académicos, los políticos y la sociedad en general reconozcan que industrias basadas en conocimiento e innovaciones tecnológicas son alternativas para lograr ingresos altos y un desarrollo sostenible, a la vez que permita un menor uso de hidrocarburos causantes del cambio climático.

Si bien la teoría de la industrialización sigue vigente, las sociedades que obtienen mayores logros económicos combinan políticas de inversión tradicionales con estrategias de innovación, fortalecimiento institucional, formación de recursos humanos, competencia internacional, entre otros. En la base de esta propuesta está la creación de empresas, pero sobre todo se tiene una perspectiva donde el sistema social ofrece los elementos necesarios para lograr el desarrollo de la mayoría de los participantes de la economía. En principio, se trata de acumular capital productivo, aunque la diferencia entre una nación de ingreso alto y otra de ingreso bajo es la capacidad de mejora permanente y el funcionamiento predecible y eficiente de los recursos sociales.

El desarrollo de una nación no se logra reduciendo los sectores productivos más vulnerables o intentando formalizar a los informales. Los profesores Rafael La Porta y Andrei Shleifer muestran que el sector moderno de la sociedad es el que proporciona los insumos para que las actividades de tipo tradicional incrementen sus niveles de productividad y disminuya la brecha de desigualdad (Journal of Economic Perspectives, 2014). El proceso de transición puede tomar muchos años y se vuelve exitoso, no cuando se transforman las empresas menos eficientes, sino esencialmente, cuando las habilidades de las nuevas generaciones superan a las previas. Sin embargo, la transición se interrumpe cuando persisten las faltas de oportunidades laborales y educativas, cuando se debilitan los sistemas públicos de salud y al privilegiar a minorías sacrificando la inclusión social. Ω

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