La lucha ambientalista: roja y verde

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Joaquín Antonio Quiroz Carranza  |  Activista.-

Tras la ruptura del sistema capitalista mundial y el establecimiento del denominado campo socialista,  las luchas de liberación y sociales se incrementaron hasta que se colapsó el bloque soviético y como consecuencia las luchas vinculadas declinaron. Pero, aún durante el auge  del socialismo mundial y las guerras de liberación nacional, los agentes de cambio se preocuparon y prepararon muy poco para enfrentar una nueva guerra, la guerra contra la contaminación y la degradación ambiental.

Los esfuerzos por visibilizar ese nuevo gran fantasma que recorre el mundo, el fantasma de la contaminación, se presentaron tempranamente para alertar y convocar a la reflexión, en la década de los 60´s Raquel Carson publicó su libro “La Primavera silenciosa” para llamar la atención sobre los plaguicidas y sus desastrosas consecuencias.

Al concluir la Guerra de Vietnam (1975), los científicos de avanzada mostraron la crueldad de los grandes consorcios químicos como Monsanto (hoy sumado al monopolio Bayer), Imperial Chemical Industry (ICI) y otros, quienes fabricaron las miles de toneladas de defoliantes enriquecidos con dioxinas para destruir los ecosistemas de Vietnam y afectar por generaciones a las poblaciones humanas.

Hasta ese momento todo parecía normal, los norteamericanos ocultaron muy bien sus desastres nucleares, hasta que les ocurrió a los soviéticos en Chernobil y a los japoneses en Fukusima; también ocultaron perfectamente que las miles de toneladas de defoliantes que sobraron de la Guerra de Vietnam las vendieron a los agricultores de Brasil y México, expandiendo así, la viralidad de su locura económica, entre otros secretos.

La explosión del uso de polímeros en actividades cotidianas, desde la década de los 70s, incrementó exponencialmente la generación de residuos plásticos (PET, PVC, PEAD, PEBD y otros), el crecimiento de la industria automotriz motivo la generación de miles de millones de neumáticos fuera de uso, aceites y grasas residuales. La gran idea, de los industriales y gobiernos aliados, fue generar energía con los materiales residuales, es decir quemar la basura. Liberando a la atmósfera miles de toneladas de dioxinas, bifenilos policlorados y furanos.

Particularmente en México la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, autorizó, desde hace décadas, a las grandes compañías cementeras el uso de neumáticos fuera de uso y aceites residuales, como combustibles, y ha intentado vender el suelo patrio para construir grandes basureros de residuos tóxico peligrosos para recibir los generados en otros países.

En 1980 Ulrich Beck publicó su libro “La sociedad de riesgo”, donde señala que la civilización humana transitó de la modernidad industrial a la sociedad de riesgo (global). En este libro el autor menciona que “el desarrollo industrial no regulado por el sistema político produce riesgos de una nueva magnitud: son incalculables, imprevisibles e incontrolables por la sociedad actual.

La realidad, podríamos decir, es totalmente objetiva, no hay escapatoria, ni la moda de los “alimentos orgánicos”, de los sistemas de purificación, el consumo de antioxidantes y alcalinizantes, nos salvarán de forma colectiva, sólo representan un paliativo, un alargamiento de la agonía global.

La película “Soylent Green” (Cuando el destino nos alcance), puesta en cines en 1973, causó una amplia depresión psíquica en la juventud de la época, y aún el discurso político de la época afirmaba, contundentemente, que la tecnología salvaría a la especie humana de sus propios errores, hoy se sabe con certeza que la tecnología no es capaz de brindar esas soluciones.

Hoy a las contradicciones entre clase sociales, se suma la gran contradicción capital-naturaleza, por ello el análisis y el actuar debe darse, si queremos salvarnos como civilización y no extinguirnos como especie, desde la izquierda y desde el conocimiento ecológico. La decisión es simple: consumir y perecer bajo el peso de nuestros desechos, o racionalizar el uso de los recursos y construir una sociedad local, regional y global sustentada en la equidad social y el respeto a los ecosistemas. No hay medias tintas, ni tonos grises. Al consumir y generar desechos estamos construyendo nuestro ataúd civilizatorio.

Como señala Greenpeace, cuando decidamos en lo individual y como sociedad civil un NO, es precisamente un NO al cloro, a los polímeros, a los plaguicidas, a los aceites residuales, a los neumáticos fuera de uso, a los electrónicos desechables, a las baterías y pilas, un NO al consumo, un NO al sistema capitalista y a sus instituciones políticas. Un NO, en las urnas, a los políticos y sus partidos corruptos, un NO a las instituciones actuales.

La propuesta y la apuesta está en construir una sociedad basada en el conocimiento colectivo, en una amplia socialización de la información, en el rescate de las buenas prácticas ancestrales y actuales y sobre todo en la aplicación masiva del principio de la precaución: si no sabemos que va a pasar, si no sabemos las consecuencias de una acción, simplemente no debemos realizarla. La solución o es colectiva, o el desastre nos alcanza a todos. Ω

cenciart@yahoo.com

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