La dimensión política de la palabra

voz

Laura Hana | Psicoanalista (Página 12).-

Hay un paso de la palabra y a la palabra.

Ritmos, su resonar y su tiempo, precisa la palabra en su medida.

¿Cuál es el alcance de la palabra y cómo se alcanza un decir?

La charla no espera el advenimiento de ningún decir, pretende decirlo todo. La charla brilla y encandila y así lo invisible pierde su fuerza enunciadora.

Cada vez que se charla prima lo ensordecedor del sentido.

Es necesario tomar lo invisible, tratar que algo llegue descentrando el sentido con la opacidad de lo significado para de ese modo tocar lo que no se muestra, lo que se encuentra más allá de lo que la contemplación expone tapando.

La charlatanería edifica una moral, así el juicio se manifiesta en su máxima expresión, empuje que juzga imprimiendo el sometimiento a la ley articulada al lenguaje. De ese modo los dichos se atraen entre sí, relacionando una lógica de poder con una dialéctica regida en términos de jerarquía, colmando toda carencia con discursos circulares, argumentativos y de intenciones superadoras.

¿Cómo acercarse de otro modo a la palabra?

¿Cómo hacer mella a la mera opinión?

Aristóteles marcó y atravesó el pensamiento occidental, sosteniendo una ligazón entre ser y pensar.

Cuestión ésta que hay que tratar de diversas formas, interrogarla, problematizarla por el alcance que tiene, el peso que ha adquirido en nuestro modo de estar con las cosas, y por consiguiente, con el estilo de vivir y de estar con el otro.

Esta filosofía que recorrió Occidente, que construyó a Occidente, establece un uso del lenguaje que da cuenta de las buenas costumbres dando sustento a las relaciones humanas desde la perspectiva de una praxis jerárquica y clasificatoria.

En la Etica nicomáquea se plantea que el decir condiciona y verifica el lenguaje como medio donde se articula el Bien. El Bien que se habla es esencialmente el mismo que constituye el Bien del vivir.

Modifica de este modo la vida natural, para constituir vida humana, o sea vida política.

Esto es una aspiración.

Se aspira a la adecuación de lo humano centrado en la metafísica.

Así, el hablante queda entrampado, atrapado en los espejismos del pensamiento, en el bla, bla… en los rumores.

El psicoanálisis subvierte la metafísica y al subvertirla, la invierte, lo que se elevó por encima de lo físico retorna con el tratamiento del goce, dando cuerpo.

¿Dónde realizar la mordida?

¿Cómo hacer entonces esa mella a la charlatanería?

Golpear al logos, su elevación occidental, el exceso de claridad que implica su meta física.

Que entre media luz, lo que media, permitirnos sombrear la estridencia, bordear, abordar el silencio.

J. Lacan en el Seminario “Aun” dice: “… me distingo del lenguaje del ser”.

Esto implica que puede haber ficción de palabra que conduzca la palabra al medio decir dando lugar al lugar.

La palabra como límite y el límite de la palabra resista a lo falseado por la aspiración.

En el psicoanálisis, por su práctica, cabe la posibilidad de llegar a verificar el decir como efecto, un decir verdadero que restringe la verdad como valor absoluto y por consiguiente impide que el saber se cristalice en una fijeza que solo sirve para atormentar al ser hablante.

En ese sentido pasar por la experiencia del análisis es una oportunidad dado que el saber dentro del capitalismo es una mercancía más, con la cual el mercado intenta hacer una economía de goce.

Eso es un hecho político, razón de más para volver a interrogarnos por la importancia política de la palabra.

Con esta práctica de la palabra en que consiste el psicoanálisis se puede producir efectos éticos, experiencias del desgarro fundamental entre el ser y el lenguaje, discordancia que el goce sexual sitúa como experiencia orientada en contra del Bien cuando este condice con el Ideal de las buenas costumbres.

La oportunidad que da el paso por la experiencia analítica es la posibilidad de ajustarse al decir, al bien decir, ajustarse el deseo a la ética y de este modo configurar una ética del deseo.

No hay garantía pero sí una orientación que la transferencia brinda.

J. Lacan propone una topología del nudo. Y de ese modo trata lo simbólico desde otra perspectiva, un simbólico que se soporta de un espacio de tres dimensiones que lleva al decir a ex-sistir por un fuera del lenguaje, a existir por fuera del lenguaje evitando de ese modo el ser del lenguaje que redundaría en un metalenguaje ideal metafísico.

Quedando en el registro de las representaciones del metalenguaje, hay falsa comunicación, infatuación cultural, sobre valoración, caída en el olvido de la vida misma, incluso de la muerte propia que vendría a agregar un poco de existencia.

Agregar al don de la vida misma, el don de la palabra.

La palabra como don (o la obediencia al lenguaje)

Si nos situamos como hablantes respecto de la obediencia al lenguaje, convocar al analizante a que diga lo que se le ocurra implica dos costados, en tanto habla, se dirige a un Otro que escucha en función de un saber supuesto; tal cosa lleva el hablar a los dichos, al bla, bla, todo lo cual conlleva a la comodidad del analizante, allí la palabra no tiene efecto.

Pero a su vez, por su propia insistencia discursiva, en sus fallas, en sus deslices, la palabra toma función de decir, con eso se afecta cuerpo y se efectiviza la cura.

Entonces, la función imperativa del lenguaje, obediencia al sentido del Otro, no aplasta al ser hablante sino que procede a poner a su disposición, por su propia estructura otro modo de tratamiento de la palabra, ya no se trata solo de hablar, ahora “que se diga” está a su disposición y goza de otro estatuto.

¿Desobedecer al lenguaje?

¿Ejercer otra violencia?

Estallidos que fuercen fugas de sentidos, que fuercen invención.

Y entonces, quizá, golpes de desobediencia que arrimen un despertar.

Lo común en el hablar es gozar de los dichos, gozar del sentido, del carácter imaginario del símbolo, del imperar de la idea por sobre la expresión. Son necesarias operaciones de reducción, de limitar ese exceso del sentido.

Cernir un límite nos implicaría en una Ética, ética del decir, en sus confines que quizá deba a una Estética, una estética del goce.

El poeta Hölderlin en la voz de Heidegger(1), nos dice con sus palabras guías que el poetizar es la más inocente de todas las ocupaciones y a la vez se le ha dado al hombre el más peligroso de todos los bienes, el lenguaje, para que muestre lo que es. El habla no es un instrumento disponible sino aquel acontecimiento que dispone la más alta posibilidad de ser hombre.

En este sentido, posicionarse respecto del don de la palabra, se corresponde con el acontecimiento del decir.

El don, ese modo de dar palabra fallando a la reciprocidad, ese donar la palabra por fuera de los bienes, da palabra en lo actual de la plena afirmación del decir.

De este modo, el don, quiebra la estructura que pone de manifiesto la “isomorfía a la metafísica” que implica el don como sistema de intercambio recíproco, de especulación y de dominación, tal como nos presenta Oscar del Barco en su comentario del libro Étant donné. Essais d’une phenoménologie de la donation, de Jean-Luc Marion(2).

Se “da palabra”, para afirmarse en el acto de decir. El peso de tal decir funda el acto en lo actual de un habla que acompaña a los tiempos del hombre.

Don de confianza, el decir y sus efectos. Ω

Citas

1 Hölderlin y la esencia de la poesía, Martin Heidegger.

2 Exceso y Donación, cap. La Filosofía como pensamiento del don, Oscar del Barco.

Referencias

Aristóteles: Ética nicomáquea

J. Lacan: Seminario Aun

J. Lacan: Seminario RSI

J. Lacan: Seminario La ética del psicoanálisis

J. Lacan: Escritos uno: Función y campo de la palabra y el lenguaje.

J. Lacan: El reverso del psicoanálisis.

O. del Barco: Exceso y Donación

J. Derrida : Dar(el) tiempo. La moneda falsa

M. Blanchot: El libro que vendrá

M. Blanchot: Textos

P. Quignard: La retórica especulativa.

M. Heidegger: Holderlin y la esencia de la poesía

G. Deleuze: Clínica y crítica

http://www.pagina12.com.ar/diario/

psicologia/9-291762-2016-02-07.html

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