La destrucción de nuestro paisaje

paisajeArmando Bayona Celis   | Biólogo y Cartógrafo.-

Las parcelas abandonadas en los noventas del siglo pasado, comienzan a repoblarse con las plantas propias de los ecosistemas nativos, pero son convertidas en naves industriales, invernaderos, etc.

Hace unos días me visitó mi amigo Helmut, un alemán muy aficionado a la observación de cactáceas, que durante décadas ha venido muchas veces a México. Me decía que recorrió el camino de San Juan del Río a Cadereyta, como hace tres años, y que todo estaba muy cambiado, al grado de que a veces no reconocía en donde estaba. -“Todo está distinto y…  más feo”.  Creo que es verdad, estoy completamente de acuerdo con mi amigo.

Recuerdo que de niño me gustaba mucho pasar por la ciudad de Querétaro viniendo desde México, porque bajaba uno desde el campo con matorrales y parcelas, y de improviso aparecían manzanas de casitas blancas, arcos de acueducto y torres de templos. Después, al salir rumbo a San Luis o Celaya era igual: ciudad modesta y armoniosa y de pronto, campo lindo otra vez (bueno, unas cuantas industrias hacia el norte, pero nada demasiado invasivo o feo). De vuelta era aún mejor, porque se veían las escarpas cubiertas de vegetación que anunciaban que subía uno un escalón desde el Bajío hacia los llanos de San Juan.

La ciudad donde nací, el ex DF, estaba, y está hoy, rodeada de barrios feos con techos de lámina y casas de desechos, zonas industriales como de primer mundo que alternan con yonques  y viejas naves en ruinas, pueblitos tragados por la urbe, y, hoy mucho más que ayer, cientos de anuncios espectaculares, grafiti, hoteles de paso de todos los niveles, gasolineras en exceso, aire gris, en fin, fea, y cada vez más, desde no sé qué década del siglo pasado. Hoy, Querétaro es también de ese modo y se va afeando dinámicamente.

Entre el final de los ochentas y principios de la década del noventa, se comenzó a extraer material en la ladera del Tángano, justo a la derecha de la autopista 57, con rumbo a México. Al pasar pensaba “Lástima, seguramente ampliarán a más carriles, es el precio del progreso”. Al fin resultó que no era eso. Sólo estaban sacando tepetate. Rompiendo la forma del horizonte de la ciudad; uno de los rasgos más característicos en la memoria de los queretanos y de todos los viajeros que pasamos por este transitadísimo camino, sólo por ¡sacar tepetate!

Esto me parece equivalente a raspar el yeso de la fachada de mi casa para resanar la pared de una recámara; pero sé que a muchas personas en Europa y otros países se les figuraría como sacarse un par de dientes para molerlos y tener calcio para resanar.

Mientras tanto, los michoacanos de la Meseta Purépecha o de la Cañada de los 11 pueblos, que volvían desde el otro lado, instalaban antenas parabólicas, de esas de dos metros de diámetro, sobre sus casitas de adobe con techos de teja. Luego las tirarían (antenas y casas) para construir, como en la Sierra Gorda y tantos otros lugares del país, casotas extrañas, que ni son gringas ni mexicanas, todas distintas entre sí.

Esto me lleva a hablar del paisaje. Ése paisaje que todos los días se está alterando y afeando. Es el aspecto general de un territorio, incluyendo lo natural, lo humano, tanto lo sólido como la atmósfera y aun el ruido que acompaña a la vida en ellos.

Estamos lejos aún de ser conscientes del paisaje, ni de cómo nuestro entorno se va volviendo más discordante y antiestético, por no decir incómodo, peligroso, caro, violento.

Los centros históricos de la ciudad Patrimonio y los pueblos mágicos, cambian de una semana a otra, se instalan nuevos negocios y letreros de todas formas y colores, que no tienen nada que ver con lo que los queretanos que hoy tienen 35 años, recuerdan de su niñez. Tras las calles coloniales, en vez de una ladera verde, vemos hoy edificios de 20 pisos. Estos parajes urbanos se han vuelto ajenos, se atiborran de turistas, se pierden como espacio y recuerdo; nos expulsan de los lugares en los que vivíamos todavía a fines del siglo pasado.

La ciudad ha comenzado a comerse en forma sistemática lo que antes respetaba: los espacios naturales con selva y matorral, a razón de decenas a cientos de hectáreas cada año. Panales interminables de casitas blancas, o de casas más grandes, con frecuencia rodeados por altas bardas, aparecen en unas cuantas semanas, sin seguir patrón alguno, ni siquiera respetar lo que los urbanistas de antes decían que había que respetar, las pendientes fuertes, las zonas inundables, las escarpas de las fallas…

En las zonas rurales, los cambios no son menos intensos y dañinos. Las parcelas abandonadas en los noventas del siglo pasado, comienzan a repoblarse con las plantas propias de los ecosistemas nativos, pero son convertidas en naves industriales, invernaderos, caminos más anchos que no siguen el mismo trazo que los anteriores, que dejan cicatrices increíbles en las laderas de las montañas, que acaban con los ecosistemas, erosionan el suelo, disminuyen la captación y la calidad del agua y sólo son productivas para unos cuantos, mientras que la mayoría nos quedamos sin su vista y los servicios invaluables que nos daban.

En Europa se ha visto esta situación desde hace ya años, y por acuerdo entre todas las naciones comunitarias, se creó la Convención Europea del Paisaje, que se encarga de preservar el paisaje como patrimonio natural y cultural, que abarca más allá de las fronteras de cada uno de los países, hasta donde alcanza la vista.

Europa fue ya muy destruida. Muy pocos ecosistemas naturales quedan en todo el continente.  Así, la legislación del paisaje trata de proteger lo que aún existe contra las fuerzas económicas que quieren cambiarlo a toda costa. Sí: Europa, que ha conquistado grandísimos territorios y arrasado paisajes en superficies mucho mayores a su propio territorio, ahora intenta defenderse contra ellas (aunque sus empresas siguen depredando en las ex colonias que lo permiten). Y donde el paisaje alterado ya por siglos es lo que la gente ha conocido desde su niñez, igual se dictan normas para que se quede así.

Me decía Helmut que compró un terreno allá en Alemania, cerca del pueblo donde vive: una hectárea, por ¡un euro el metro cuadrado! Y me lo mostró en Google Earth, una pendiente suave con pasto y unos cuantos árboles. Cuando le pregunté cómo era posible que fuera tan barato, me contestó que es por el ordenamiento. Si quisiera construir una cabaña, una palapa, sembrar frutales o incluso encinos similares a los que ya están allí, no puede. Sólo puede ir y sentarse bajo los árboles a leer un libro o contemplar el paisaje. Y dice que está orgulloso de colaborar a que el paisaje siga existiendo tal como está (cito textual lo que me dijo)  “para siempre”.

Estamos lejos aún de ser conscientes del paisaje, ni de cómo nuestro entorno se va volviendo más discordante y antiestético, por no decir incómodo, peligroso, caro, violento… porque nos han hecho creer; queremos creer que los cambios son siempre para mejorar. Pero los cambios nos quitan nuestros recuerdos, degradan nuestro barrio, niegan nuestra tradición, exigen más tiempo de traslado, nos envenenan los pulmones, nos producen estrés… y nos tienen en la espera del próximo cambio, ése que sí nos hará felices, pero que no llega nunca.

Aunque cueste creerlo, los cambios no son irrenunciables. Es posible dejar de cambiar; cambiar en otro sentido, recuperar un entorno humano. Y el primer paso para lograrlo es mirar con cuidado, identificar la mutilación y la fealdad que nos rodean; darnos cuenta de quiénes promueven y quiénes autorizan estos cambios al margen de nuestra opinión o nuestro bienestar. Y actuar en consecuencia. Exigiendo, resistiendo, creando redes y autonomías. Ω

bayotenal@yahoo.com.mx

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *