La destrucción de México: tres facetas

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Armando Bayona   | Biólogo y Cartógrafo.-

Me cuesta trabajo creer que ante la situación general que se está dando en el país, la mayoría de la gente no parece preocuparse ni tener reacción alguna. Estamos aparentemente adormecidos, ignorantes o no queremos darnos cuenta de un estado de cosas que me parece a mí verdaderamente alarmante y que empeora día con día. Sí, México se está moviendo hacia el abismo, desmantelándose, destruyendo o tirando a la basura lo que se construyó durante décadas con muchísimo esfuerzo, organización y solidaridad. Para ilustrar esto, lo que los zapatistas han llamado la hidra capitalista, veamos tres facetas interrelacionadas pero bien distintas entre sí:

1. La guerra contra la población

Desde hace décadas el gobierno de Carlos Salinas comenzó a fincar (con algún propósito pro o anti mexicano, quién sabe) las bases legales para despojar a la población de su tierra, sus recursos y su país. Las modificaciones al Art. 27 Constitucional y el Tratado de Libre Comercio fueron y son esenciales para garantizar la entrada indiscriminada de capitales extranjeros a explotar a los mexicanos y depredar sus recursos, acabar con los ecosistemas, reinstalar los latifundios, y desplazar fuera de su tierra, fuera de su propio país, a una gran parte de la población rural, entre otros aspectos negativos. Efectos importantes lo son también la desaceleración del crecimiento de la economía a la mitad o la tercera parte de lo que había sido anteriormente y la pérdida sostenida del poder adquisitivo del salario de la mayoría de la población, a costa del saqueo de dólares y la contención de la inflación.

Otro rasgo de esta primera etapa de la guerra lo fue el establecimiento de ligas importantes de negocios entre funcionarios de alto nivel del gobierno federal y grandes empresarios, con el crimen organizado, que antes eran mínimas, había pactos tácitos entre ambas partes y la operación de los cárteles no afectaba a la mayoría de la población. Estas relaciones, por voluntad o fuerza, y dadas las enormes sumas de dinero involucradas, se fueron extendiendo poco a poco y luego, más intensamente, desde el inicio del sexenio de Felipe Calderón.

Calderón desató una verdadera guerra que, declaradamente, era del Estado contra el crimen organizado, pero que comenzó cada vez más a hacer estragos contra la población: víctimas “colaterales”, represalias de los cárteles que afectan a la población; diversificación de los negocios del crimen organizado a robos, secuestros; esclavización y matanzas de migrantes… Mientras tanto, por parte del Estado, se aprovechó y aprovecha hoy la situación para realizar ejecuciones sumarias de supuestos criminales, ataque, desaparición y asesinato de luchadores sociales, periodistas, maestros y estudiantes disidentes, defensores del territorio y los recursos, etc. que el gobierno siempre califica como enfrentamientos con, o entre criminales.

2. La privatización del país

Después de las reformas salinistas, se dieron muchas privatizaciones que siempre fueron en detrimento del país, quitándole el dominio a la nación de sus propios recursos y sectores estratégicos. Como un ejemplo de esto y del orgullo con el que el gobierno habla de este saqueo y pérdida de soberanía, hace unos meses se difundía en medios un spot que decía que “en México, el 81% de las mercancías se mueve por carretera”. Enorgullecerse por eso es una idiotez, ya que en promedio, en otros países, apenas el 50% de la carga se mueve a través de las carreteras. El resto, en ferrocarril, lo que significa muchos menos accidentes carreteros, menor producción de gases de efecto invernadero, menos destrucción de ecosistemas y menos gasto en autopistas (mucho más costosas que las vías de tren), para aprovecharlo en temas prioritarios. Pero los ferrocarriles ya no nos pertenecen: es otro, u otros, los que deciden si crece o no y hacia dónde, la red ferroviaria. Nada es estratégico en un país que ha renunciado a su soberanía.

En este sexenio, el presidente, sus asesores y jefes, lograron en algunos meses lo que el PRI no permitió hacer al PAN en dos sexenios, con la graciosa ayuda de éste último y de casi todos los demás partidos, incluso algunos que se dicen de izquierda: liberar todos los candados a la venta y privatización de los derechos y concesiones sobre el territorio, el subsuelo, los recursos naturales, la infraestructura energética, el agua, los sistemas educativo, de pensiones y seguridad social, echando por tierra los derechos de los trabajadores y la población en general.

La guerra y las privatizaciones van mano a mano en su depredación. Hoy, que ya se están agotando las tierras y las vegetaciones, el saqueo va por aquellas que aún pertenecen a las comunidades o están de algún modo protegidas, igual para construir fraccionamientos con los que se especula y lava dinero, aeropuertos tan suntuosos como innecesarios, campos de energías “limpias”, zonas de explotación minera o petrolera y más.

Hoy la lucha de los ciudadanos y de las comunidades por la tierra, el agua, los derechos humanos, laborales y de salud tiene que ser más fuerte e inflexible, y en varios puntos del territorio está dándose de ese modo. Pero en la mayoría de la gente, incluso algunos involucrados directamente (como los trabajadores de PEMEX, despedidos por decenas de miles), no se da cuenta de lo que realmente está pasando. Creen todavía a estas alturas y entre muchas otras mentiras flagrantes, que la gasolina va a bajar y que la reforma educativa nos hará “competitivos”.

3. La crisis de derechos humanos

Este país neobananero en el que nos estamos convirtiendo, no tiene lugar para los pobres, aunque tiene más pobres cada día. El Estado simplemente ha abandonado su obligación fundamental, ver por la salud, el trabajo, la educación y la seguridad de sus ciudadanos. Algunas instituciones aún funcionan pero se están degradando sin un mínimo de insumos. Por si fuera poco el riesgo que vivimos los ciudadanos en medio de la guerra de la que ya hablamos, a él se le suman la precariedad del trabajo, los salarios cada vez más insuficientes, las enfermedades producto de la mala alimentación, el desempleo, la falta de los servicios elementales, las adicciones, los embarazos adolescentes en ascenso, la violencia familiar y muchos otros procesos de degradación de la calidad de vida que han sido descuidados por los sistemas nacionales de trabajo, seguridad, salud y educación.

La miseria es apabullante. La esperanza de mejoría cada vez más lejana. La gente no sabe lo que está pasando, no entiende, se encuentra a la busca de dineritos y despensas de programas sociales, de vender su voto; se va de su tierra en busca de trabajo; huye de la violencia física, moral y sexual en la familia y encuentra más violencia, situación de calle, esclavitud y muerte. Y los culpables, gobernadores, líderes de partidos, militares, religiosos o capos, rarísima vez son castigados.

Las matanzas, las desapariciones por millares, el encarcelamiento ilegal de defensores sociales, el desplazamiento de decenas o cientos de miles, la impunidad lacerante de los poderosos, la desigualdad que indigna, son apenas la punta del iceberg, porque en muchos, muchos hogares aparentemente en paz, reinan ocultamente la violencia y la desesperación.

Y no hay un Estado que se ocupe en velar por las vidas de los millones que las estamos viviendo ahora mismo. Ni un sistema de educación o medios de comunicación que nos permitan ver la verdad.

Los únicos objetivos que el gobierno cumple en tiempo y forma son los relacionados con el puntual pago de los intereses de una deuda que ha crecido a un nivel insostenible, que compromete el trabajo, la salud, la calidad de las vidas; los derechos humanos de los que hoy son niños y hasta los de los que serán hijos de ellos.

Las cosas no seguirán igual. Como consecuencia de las reformas estructurales y la naturaleza de los que ostentan el poder, empeorará la situación. El despojo será cada vez más intenso, la economía crecerá menos y las grandes empresas y bancos ganarán mucho más mientras lo que quede de PEMEX, la CFE, el sistema de seguridad social, la educación pública se desvanecen. Los presupuestos anuales del gobierno crecerán cada año, con un consecuente crecimiento de la deuda pero reducciones del gasto gubernamental en educación, salud, ciencia… Tal como mandan el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Algunas, por fortuna cada vez más, personas y comunidades se están dando cuenta de que los gobiernos y los partidos no verán por ellos; de que solicitar, denunciar, votar, o cualesquiera de los mecanismos legales de la supuesta democracia, están atrofiados, corrompidos, no existen, atacan en vez de defender. Si marcha una gran multitud y se entera el mundo, la presión internacional podría ayudar, pero ni así se debe confiar en una respuesta positiva. Si fuéramos más, muchos más, podría darse una masa crítica, pero eso está también lejos. Como dijimos, la mayoría no quiere saber lo que está pasando; no tiene herramientas para analizar y ver la realidad.

Algunos, en su mayoría indígenas, sobre todo en comunidades rurales (no maleados por el deseo de los I phones, ni mareados por el tamaño de las grandes ciudades), han creado, en procesos de décadas, experimentos de autonomía, expulsado a los partidos, los programas oficiales, los ayuntamientos corruptos y están gobernando, defendiendo y administrando con éxito sus vidas y sus tierras, por supuesto no exentos de hostigamiento y agresiones por parte del sistema. Otros más resisten en la defensa de su tierra contra las megaobras y la destrucción ambiental, social y cultural del progreso.

¿Podremos los que no somos indígenas, desde nuestras culturas, escuelas, centros de trabajo, redes electrónicas, asentamientos urbanos, darnos cuenta, organizarnos para resistir y volvernos autónomos; para debilitar a la hidra hasta que sea insostenible?

Hasta donde yo alcanzo a vislumbrar, no hay otra posibilidad. Ω

bayotenal@yahoo.com.mx

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