Jacinta

Era un pueblo de casas de adobe y jacales de carrizo, con campos de siembra abandonados, árboles solitarios y algunos huesudos animales como estatuas. Ya todo estaba arreglado, los padres se miraban uno a otro resignados a entregarla. Les habían dicho que la niña iba a estar con una familia que se haría cargo de su educación a cambio de que hiciera algunos trabajos en la casa.

-Pórtate bien hija, obedece siempre a tus patrones-

-Si má- con lágrimas vivas musitó Jacinta.

El padre sólo miraba con desconfianza a quienes la subían a un viejo camión de pasajeros, mientras se guardaba los quinientos pesos en el bolsillo de su pantalón.

La Prensa (El periódico que dice lo que otros callan), publicaba en su primera plana: “Banda de tratantes venden niños traídos de la sierra” y agregaba al pie de una a fotografía: “A bordo de un viejo camión, dos hombres y dos mujeres recorren las rancherías robando o comprando niños de 6 a 12 años”.

A través del polvoso cristal del camión, la pequeña reconoció su escuela con el árbol de capulín en el patio, entonces, una enorme tristeza se le fue metiendo por los ojos mientras las lágrimas salían. Poco a poco se fue quedando dormida.

Un mes después se publicaba en la Prensa: “Se sigue la pista a la banda de roba niños”. En su interior se leía: “El Presidenta Municipal declaró enfático a este diario que pronto se hará justicia y caerá esta banda que ya ha traficado con más de cien niños en la región”.

Bajo el sol o la lluvia, amenazada y vigilada casi todo el día, Jacinta cumplía seis meses trabajando catorce horas diarias, atendiendo un pequeño puesto en la calle. A leguas se le veía mal nutrida, mal vestida y con huellas de golpes recibidos.

-Lleeeve la Preeeensa – gritaba una y otra vez la niña.

Gregorio Campos Huichán

Elaborado: 3 de julio de 2019.

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