Dictador: una palabra mágica

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Armando Bayona Celis   | Biólogo y Cartógrafo.-

La palabra dictador, como otras (democracia, populismo…) se usa frecuentemente para etiquetar y descalificar a una persona o un régimen sin discusión o argumentación alguna. Es lo que yo llamo una palabra mágica.

Se usó en semanas pasadas para descalificar a Fidel Castro y a la Revolución Cubana, por extensión. Mario Vargas Llosa, Donald Trump, Vicente Fox, muchos comentaristas y personajes usaron esta palabra mágica que se convierte en el punto final de un comentario o texto.

Llamamos dictador a un gobernante autoritario, casi omnipotente, que gobierna sin ninguna cortapisa. Un dictador no es un gobernante democrático, muchas veces no fue electo y frecuentemente no tiene que dejar el poder después de un periodo definido. En consecuencia, toda dictadura debería ser mala para un país; porque el dictador por fuerza oprime e ignora las necesidades de los habitantes del país que gobierna.

Por contraposición, los gobernantes electos por la gente, en una votación constitucional, son buenos para el país que los eligió… ¿Lo creen?

Adolfo Hitler fue electo, con los resultados nefastos que se pueden consultar en los libros de historia; así como Donald Trump, con resultados predecibles que podrían llegar a ser tan malos y aun peores que los primeros. Claro que en el caso de Trump parece que la mayoría de los que votaron lo hicieron por su contrincante Clinton, pero la ley dice que son los estados y no la gente los que votan, y también cuentan los millones de dólares inyectados por quién sabe quiénes a la campaña, más la increíble sarta de promesas obviamente imposibles de cumplir que gritó ferozmente durante la misma, sin la menor explicación de cómo le iba a hacer para cumplirlas…

Bueno, pero sería aún peor una dictadura, según dicen muchos y creemos casi todos… ¿Por qué?

Bueno, pues porque creemos que si elegimos al funcionario o representante, se supone que tiene que cumplir lo que ofreció o representarnos (los diputados) para controlar a la autoridad. Pero ya sabemos que eso no ocurre: los compromisos hechos ante los ciudadanos son los últimos en cumplirse o no se cumplen. Hay otros compromisos que debe cumplir quien es electo con quienes realmente lo apoyaron, con mucho más que un voto, y que deben ser recompensados con creces para que a su vez, compartan.

En México, tal como lo dijo (aquí sí atinadamente) hace tiempo Mario Vargas Llosa, tuvimos durante décadas una dictadura perfecta, con un partido único (aunque hubiera otros de adorno) y un recambio razonable de dictadores con renovación de equipos y generación de nuevos objetivos. Desde Madero hasta Fox no hubo elecciones reales (y después de la de Fox tampoco), así que las elecciones no eran un gran problema, ni quitaban el tiempo al gobierno y a los ciudadanos, como después de la alternancia. Ganaba el PRI, punto.

Hubo dictadores priístas de todas las cataduras. Autoritarios nacionalistas y progresistas al principio, como Obregón y Calles; luego vino el desaforado nacionalismo populista (otra palabra mágica) de Lázaro Cárdenas que en un breve sexenio nacionalizó la industria petrolera, duplicó el número de escuelas, creó el Instituto Politécnico Nacional, repartió miles y miles de hectáreas (el doble que todos sus antecesores) a los campesinos y muchas -pero muchas- otras acciones que les ha tomado a varios de sus sucesores (sobre todo a los últimos) doce sexenios y medio revertirlas.

La dictadura priísta colocó a México en el camino de convertirse en el gran país que debiéramos ser. La economía crecía anualmente hasta el triple de lo que crece hoy, se generó industria nacional, México fue una gran potencia petrolera; la educación y la salud mejoraron sustancialmente y el país llegó a ser autosuficiente en varios de los cultivos más importantes para la alimentación de su población. Los dictadores, unos más que otros, se convirtieron en defensores de México, de Latinoamérica y en su momento, de la Cuba revolucionaria frente al imperio estadunidense, con hábiles negociaciones y una diplomacia de primer mundo. Fue durante la dictadura perfecta, que México dejó en algún momento, por única vez en su historia, de tener deuda externa.

Y sí, los dictadores priístas fueron corruptos y se volvieron millonarios y mandaron matar a disidentes, como muchos dictadores y gobernantes electos también lo hicieron y hacen hoy en día.

Cuando los mexicanos, hartos de una dictadura priísta que había dejado de ser nacionalista y populista desde 1982, para regalar los recursos y la infraestructura del país a sus cuates, nacionales o extranjeros, votaron contra el PRI y triunfó el PAN. Aunque hay quien dice que estaba ya pactado el resultado porque la dictadura perfecta ya no podía fingir ante el mundo que era una democracia, es verdad que muchísima gente votó por Fox, porque sentía que fundamentalmente iría contra la corrupción, o simplemente por vengarse del PRI… Así de ingenuos.

Sabemos que el presidente Fox, electo democráticamente, no hizo nada contra la corrupción ni prácticamente en ningún otro rubro, excepto el hacernos quedar en ridículo ante el mundo, aunque no tanto como sus sucesores.

En la llamada era de la alternancia, sigue sin darse la efectividad del sufragio. Calderón llegó gracias al fraude, al más puro estilo priísta, de hecho, con la colaboración del PRI, que se quitó de en medio y operó las cosechas de votos en varios estados gobernados por él a favor del PAN, o más específicamente, contra López Obrador. Con peña Nieto se inauguró un nuevo estilo de entronizamiento del presidente: si bien hubo operación en los estados para comprar, presionar y demás trucos en la sofisticada canasta priísta, el papel de las televisoras fue fundamental para que la gente conociera y votara por un personaje mediocre, absolutamente incapaz hasta de obedecer creíblemente a los que mandan sobre él.

En mi opinión son dictadores, al igual que Fox, que se convirtió en uno aunque haya ganado en las urnas, ya que al ser presidente hizo, o más bien dejó de hacer, sólo lo que le dio su gana y no aquello para lo que lo habían llevado a la silla presidencial los que votaron por él: acabar con la corrupción metiendo a la cárcel a los peces gordos y las víboras prietas.

Creo que el hecho de que alguien pueda ser llamado dictador o gobernante electo democráticamente es secundario, lo mismo que si se tratara de un rey, emperador, etc. Lo trascendente es el resultado de su trabajo: lo que haya hecho o dejado de hacer con el poder a favor de su gente en cuanto a vivienda, educación, trabajo, salud, seguridad, medio ambiente y todo lo que se supone que está obligado a hacer. O a favor de los privilegiados. Populismo Vs. ¿Elitismo? O a favor de la soberanía de su país o quizá en contra de ella. Patriotismo Vs. ¿Traición?

El caso de Fidel Castro es extremo, sin duda. Dictador que a diferencia de casi todos los demás en el siglo XX en Latinoamérica (que llegaron con apoyo de los Estados Unidos y generalmente con el mando sobre las fuerzas armadas de su país) llega con unos cuantos hombres, luchando con las armas contra el ejército del dictador Batista, que gobernaba apoyado por los Estados Unidos, logra con el apoyo popular derrocar la dictadura, resiste invasiones y atentados ¡armando a los ciudadanos! (que no se levantan en su contra, sino lo apoyan igual hace 60 años que hoy, como pudimos verlo hace unas semanas).

Su larga gestión tuvo claroscuros: encarcelamiento y ejecuciones de disidentes, explicable en un país en riesgo constante de ser invadido, o la injustificable criminalización de los homosexuales, pero a cambio una serie de logros a veces sin paralelo en el mundo: cero niños en condición de calle, cero desnutrición infantil, cero analfabetismo (en sólo ¡un año! de campaña); los niveles más altos de calidad y número en educación y educación universitaria en América; una de las mejores medicinas del mundo, solidaria además con otros países necesitados, en fin, la lista sería larga y los logros son más notables aún por el hecho de que desde el inicio de la revolución y, sobre todo después de la disolución de la Unión Soviética, la pequeña Cuba ha estado sometida a una presión política y económica muy considerable, mucho mayor que la que está tumbando gobiernos de izquierda en países como Venezuela o Brasil, en unos pocos años.

Creo que deberíamos discutir sobre Fidel y otros temas de la política con la mayor objetividad posible, sin usar palabras mágicas que impidan el argumentar. Y creo que Fidel castro es la figura política más admirable del siglo XX. A los argumentos me remito.Ω

bayotenal@yahoo.com.mx

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