Desarrollando la economía

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Enrique Kato   | Economista.-

En política se afirma que se busca hacer lo posible, no lo deseable. Para los ciudadanos lo deseable es lograr un mayor nivel de vida; en cambio, para los encargados del gobierno lo posible es alcanzar algunos puntos porcentuales de crecimiento económico. La diferencia entre ambas perspectivas se expresa en la disyuntiva entre crecimiento y desarrollo. Para Joseph Schumpeter, los procesos de crecimiento son cambios incrementales que no transforman sustancialmente a la sociedad. Bajo esta premisa, una ciudad o un país, aun si tuviera crecimiento, no lograría superar su nivel presente de desarrollo. Por ello, Schumpeter describe al desarrollo como una discontinuidad o una disrupción que transforma a las economías. Se trata de una transformación capaz de sacar de la pobreza a un país necesitado para convertirlo en una nación de ingreso alto, es decir, en un país desarrollado.

En el siglo XX, Japón fue el único país pobre que logró alcanzar un nivel de vida elevado para su población. Por tres décadas (1950-1980), el crecimiento por habitante fue de 7% anual, según las estadísticas de Angus Madisson. Para 1980, el nivel de vida de un japonés era equivalente al que había en Australia o Canadá, aunque aún por debajo del de Estados Unidos. Si bien es conocida la historia de alto crecimiento de China, todavía no es equiparable a la trayectoria que tuvo Japón. El nivel de ingreso por habitante en China aún es muy bajo, aproximadamente cinco veces menor que el de Estados Unidos. En esta comparación, se podrían precisar muchos detalles respecto del tamaño de China o de su desigualdad social. No obstante, yo me quedo con el ejemplo de Japón como un proceso acabado de transformación.

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En el debate cotidiano lo importante es que la economía se mantenga en marcha. Esto usualmente lo expresan mediante las cifras de generación de empleo y los millones de pesos o de dólares de las nuevas inversiones productivas. Estos indicadores son precisamente muestra del crecimiento económico que, según Schumpeter, mueven a las sociedades hacia un punto no muy lejano de donde ya se encuentran. Para el economista Oded Galor, en las etapas iniciales de desarrollo, se requiere disponibilidad de recursos de inversión para crear empresas y empleos. También afirma Galor que los lugares receptores de inversión extranjera obtuvieron un impulso económico mayor al que hubieran tenido basándose únicamente en los recursos de su población. Algunas regiones de México, en el centro y norte del país, se beneficiaron de esos flujos de inversión extranjera. En cualquier caso, señala Galor, para alcanzar niveles altos de desarrollo se requiere mucho más que inversiones productivas.

El dato en el que se sintetiza el crecimiento económico es el ingreso por habitante. En México, por cada habitante se crean $13 mil pesos al mes. Por tanto, la riqueza equivalente de un hogar con tres integrantes sería de $39 mil pesos mensuales, según datos de 2015. Algunos estados como Nuevo León y Querétaro registran cifras más altas y mostrarían la perspectiva más favorable del país. Cabe precisar que el comparativo entre los estados ofrecería un panorama en términos de crecimiento no de desarrollo. Para obtener una dimensión de desarrollo se podría realizar un comparativo internacional. En el plano mundial, las estadísticas muestran que México se está rezagando. En los últimos 35 años, ha crecido la brecha respecto de los países industrializados, lo que representa menores niveles de bienestar (Datos del FMI medidos con paridad de poder de compra).

Dos trayectorias son ilustrativas para comparar a México con países de ingresos medios. Un primer caso es España. Vinculado a la Unión Europea, el desarrollo español se mantuvo dinámico por décadas dejando atrás a logros de México. La divergencia terminó en 2010, a causa de la profunda crisis que aún vive España. Actualmente, la distancia de bienestar entre estos países es similar al registrado en 1990. Un segundo caso para destacar es el de Corea del Sur. En la década de 1980, el ingreso por habitante en México era mayor que el de Corea. El acelerado crecimiento coreano que ha permanecido por décadas es sobresaliente, a tal grado que la brecha de desarrollo continua ensanchándose. Corea se aproxima hacia los estándares de las naciones de ingreso alto. México, desafortunadamente, no ha tenido una trayectoria ni de crecimiento alto ni de desarrollo.

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Como he apuntado, dentro de México existen regiones con mayor capacidad transformadora que permiten brindar a su población un nivel de bienestar relativamente mayor. Algunas personas opinan, o se comportan, como si estos espacios de crecimiento pudieran desarrollarse con independencia de lo que ocurra en el resto del país. Quizá sea cierto y por ello cada vez es mayor la distancia entre los Méxicos del norte y del sur. O quizá no sea cierto y, en cambio, la migración dentro del país sea el reflejo de que el desarrollo de ciertas regiones se deba a la concentración poblacional. Estados como Nuevo León y Querétaro con mayor crecimiento económico también registran mayor inmigración y crecimiento poblacional. La pregunta que queda abierta es si dentro de México algunas ciudades podrían lograr un desarrollo similar al de países industrializados o al de una nación dinámica como Corea.

En general, las regiones que destacan en crecimiento son receptoras de empresas extranjeras y registran altas exportaciones. Esa es una parte de la moneda, la otra cara se llama migración. Los profesores Frédéric Docquier y Hillel Rapoport evidenciaron que la globalización no sólo se trata de empresas que cambian de lugar de operaciones o del movimiento internacional de mercancías, sino también del cambio de residencia de las personas. De hecho, estos profesores muestran que en el mundo el crecimiento de la migración ha sido de la misma intensidad que el crecimiento de las exportaciones. Esto ha tenido como consecuencia algunas regiones ganadoras y otras perdedoras. Su planteamiento es directo, dado que la migración se mueve de los lugares menos favorecidos a los centros urbanos con salarios más altos, entonces la globalización provocó que la migración causara escasez de personas calificadas en las regiones donde ya eran escasas y, en contraparte, creara abundancia de personal calificado donde ya era abundante. Según Docquier y Rapoport, la desigualdad ocurrió tanto en los países pobres como en los de mayor desarrollo.

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A pesar de décadas de inmigración, de recepción de inversión extranjera y de acelerado crecimiento de las exportaciones las ciudades más importantes de Latinoamérica mantienen una enorme distancia de desarrollo respecto a los países industrializados. Para Joseph Schumpeter el desarrollo económico no se logra a través del crecimiento sino de algún tipo de transformación, las palabras que él usó fueron disrupción y discontinuidad. En la actualidad, los economistas que estudian los procesos de desarrollo señalan dos variables claves. La primera, la preparación que tenga su población (el capital humano) y, la segunda, el entorno social y de gobierno, al cual se llama genéricamente como instituciones. El razonamiento detrás de estas variables es el siguiente: una mayor preparación o cualificación de la población trabajadora propicia un bienestar creciente, por lo que no se requeriría de una población mayor, ni de más empresas, sino de trabajadores con habilidades altas y flexibles.

Respecto al entorno y las instituciones, los economistas plantean que las sociedades que logran desarrollarse promueven valores como el conocimiento, la democracia y la justicia social. En oposición, sociedades rezagadas se enfrentan a posturas autoritarias, acciones monopolizadoras e indolentes a la desigualdad. La promoción de la educación universal se considera como una institución clave del desarrollo, lo mismo ocurre con sociedades que tienen políticas que buscan equidad de ingresos. Cabría preguntarnos qué instituciones o directrices rigen la vida social en México. En materia económica, se observa la promoción de las empresas extranjeras frente a las nacionales, la expansión de la educación técnica frente a la formación universitaria, y la inacción ante la concentración de la riqueza y el rezago social. Por tanto, para iniciar nuevas etapas de desarrollo se requieren cambiar las directrices que nos gobiernan y además quitar el énfasis excesivo sobre los indicadores de crecimiento.

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Existen dos ámbitos de discusión que no deberían estar en conflicto. Por una parte, los debates respecto a la riqueza de las naciones y las estrategias nacionales de desarrollo y, por otra, las técnicas para que las personas tengan éxito o logren sobresalir de entre sus contemporáneos. En la primera perspectiva se busca el éxito de la mayoría y en la segunda el éxito individual. Se cree que cuando una persona se esfuerza lo suficiente puede conseguir cualquier objetivo. Tendría que tenerse en cuenta lo que se conoce como rat race que describe las situaciones donde dos o más personas están en competencia directa y se esfuerzan cada vez más para vencer. El resultado es que los beneficios crecen poco y los costos debido al esfuerzo crecen mucho. Por ello, al final del proceso la situación es peor que al principio. Este cuadro es útil para mostrar que la cooperación funciona, en vez de la competencia, tanto para resolver las necesidades de crecimiento como las de desarrollo. Ω

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