Conductas de riesgo en adolescentes

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Miguel Ortiz  | Psicoanalista.-

Es cada vez más frecuente encontrarse en consulta psicológica a padres de hijos adolescentes, angustiados, asustados y muy estresados, ante la aparición de “conductas de riesgo” en sus hijos adolescentes.

Para el psicoanálisis, frente a la adolescencia hay un no saber qué hacer de parte de los jóvenes y de sus educadores

La adolescencia es un período de vida que implica una serie de cambios biológicos, psicológicos y sociales. Se caracteriza por la maduración de funciones y el enriquecimiento y rearmado de la vida psíquica, intersubjetiva, familiar, educativa y social. En este período es cuando los jóvenes tienen cambios radicales en su crecimiento físico, en su sexualidad, en su pensamiento, en sus responsabilidades sociales y en sus vínculos afectivos, además, idealmente tendrían que comenzar a tomar decisiones importantes para su vida futura.

Aunque en México la demanda de atención especializada para trastornos de la adolescencia es cada vez más frecuente, existen pocos profesionales que realmente cuentan con la capacitación necesaria en el área y las habilidades profesionales que se requieren para el manejo de la problemática específica de esta etapa.

Para el psicoanálisis, frente a la adolescencia hay un no saber qué hacer de parte de los jóvenes y de sus educadores. Al adolescente le falta el saber, que es como un agujero que suele provocar que los jóvenes se angustien y a veces se metan en problemas. Es lo real de la sexualidad que irrumpe como pausa, como corte con la sexualidad infantil.

Las conductas de riesgo son mensajes cuyo código desconocemos

Las “conductas de riesgo” de los adolescentes (arrancones a alta velocidad en carreteras, toxicomanías, conductas sexuales de riesgo, fugas, anorexia, bulimia, tentativas de suicidio, etc.) que aparecen ahí donde no hay referentes simbólicos (algo muy acentuado en nuestra época), no sólo son comportamientos, sino  mensajes de los jóvenes de los cuales desconocemos el código. Buscan los jóvenes ser reconocidos, una identidad, un lugar y experimentar algún sentido y  valor de la vida.

Los jóvenes desprovistos de las herramientas simbólicas de antaño, que hacían de límites (adquiridas en el seno familiar y en los lazos sociales), se ven llevados por estos impulsos en momentos de desconfianza en la familia y de toda autoridad social. Aunque cada caso es único en cada joven, los psicoanalistas de adolescentes vemos en el origen de este malestar, abandono e indiferencia parental o, por el contrario, sobreprotección; padres jóvenes que se identifican con sus hijos, borrando la diferencia generacional y diluyendo los límites de la autoridad parental, renunciando así a su responsabilidad de padres. Otros son resultado de violencia, abusos sexuales y de conflictos muy fuertes en la pareja.

La proliferación actual de las llamadas “conductas de riesgo”, también pueden explicarse como efectos del actual discurso sistémico -predominantemente capitalista- y su régimen de  promoción de la satisfacción mortífera e ilimitada de consumo.

La virtud normativa de la prudencia está en desuso, como casi toda paideia

Al sistema capitalista, no le importa un sujeto joven erótico que busque el deseo del  bien vivir. Es el peligro, que introduce la relación del sujeto predominantemente con la pulsión de muerte, cuando la función parental no viene a limitar el empuje a la satisfacción o la promesa de siempre gozar libremente. De ahí, que estas conductas sean altamente adictivas: hay un mandato cultural a gozar por sobre todo.

Vivimos en una sociedad en donde la autoridad paterna está decaída, devaluada, en donde la función de regulación de leyes de convivencia familiar y social está debilitada, lo cual trae consecuencias que se hacen más visibles en la juventud. Al niño y al joven se le empuja sistemáticamente a vivir bajo la ley de “traspasar todos los límites”, y así, queda atrapado por  lo real del goce pulsional, alcanzando sus figuras más horrorosas en ruinosos y riesgosos modos de vida y de muerte.

A los adolescentes actuales, en vez de desear a otros o al saber, se les invita a ser consumidores individualistas en los guetos del goce, de lo ruinoso pulsional, del vivir sin limites éticos. En los llamados lugares de reunión aislantes (en donde no hay reunión real), domina la soledad de los goces autoeróticos, goces orales que van desde los atracones de comida en demasía a la expulsión en vómito ,  goces visuales y auditivos individualistas en las fiestas con música electrónica en donde las luces fungen de cortinas aislantes  de cada asistente que goza individualmente (baile de chicas solas y de varones solos),  vociferando gritos desde el aislamiento para soportar su soledad.

Al niño y al joven se le empuja sistemáticamente a vivir bajo la ley de “traspasar todos los límites”, y así, queda atrapado por  lo real del goce pulsional

La virtud normativa de la prudencia está en desuso, como casi toda paideia. Es el mundo del todo-listo, del quién dijo que no puedes diseñar tu futuro, y para el joven que no puede con sus propios recursos se le ofrece una solución al alcance de la mano: químicos para dormir, despertar, tener fuerza, divertirse, no comer, no dormir, no parar. Las asociaciones entre fármacos y drogas están en el orden del día. No importa aquello que entre en la cuenta, el asunto es consumir. La saturación de mercancías milagrosas lleva a querer “tener todo” o querer “tener nada”, en donde juegan sus lugares bulimia y anorexia, ya no solamente como psicopatologías alimenticias, sino como modos de encarar la vida.

No hay que esperar a la adolescencia para poner los límites. Si los padres pudieramos entender que nuestros hijos realmente necesitan los límites empezaríamos desde la infancia a ejercer esa función, pero comúnmente se piensa que los límites hacen sufrir a los hijos y nos separan de ellos. El niño debe desde la más tierna infancia aprender a esperar. El no saber esperar es de las peores cosas que le pasan al adolescente. Si consigue aprender que no todo puede obtenerse al instante de desearlo, habrá hecho un progreso definitivo. Ahora son comunes los adolescentes que se deprimen o se enojan ante la espera. No entienden que el esperar forma parte de la vida.

Este aprendizaje de la espera es algo en lo que debemos pensar mucho, padres, abuelos, e hijos. Quien aprende a esperar dejará de ser esclavo del goce inmediato, que a veces puede ser mortal. Ω

psicmiguelortiz@gmail.com

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