Con olor a hierba (la medicina tradicional mexicana)

Rubén Sánchez |  Escritor.-

“No te salgas de mis brazos/sigue echada aquí en la hierba/

Quiero andarte paso a paso/recorrerte como hiedra…”

Por los años ochenta del siglo pasado, en la radio, que era el medio de comunicación en boga, antes de la revolución del internet, se escuchaban multitudes de baladas románticas interpretadas por Emanuel, José José o José María Napoleón, entre muchos otros. Con el último traen gratos recuerdos las melodías “Ella se llamaba Martha” “El pajarillo”, “Amelia”… De José José “El amar y el querer”, “Del Altar a la tumba” y Farolero”, cantante favorito de mi hermano Rafael, y a quien fuimos a ver, cuando aún no estaba en su declive, en el Centro Nocturno “El Patio”, en la Ciudad de México. Con el primero se dejaron oír “Quiero dormir cansado”, “Este terco corazón”, “Bella” y “Con Olor a hierba”… Toda una época de romanticismo moderno, que abarcó el fin de siglo XX, que cobijo nuestra juventud y madurez.

Pero en realidad no ese el tema que quiero platicar, sino de la herbolaria mexicana o la medicina tradicional que se pierde en épocas prehispánicas, cuyo antecedente escrito más importante es la recopilación realizada  en el “Códice de la Cruz Badiano”, traducido por Juan Badiano, indio de la zona lacustre de Xochimilco, al pie del Ajusco, al sur de lo que es ahora la ciudad de México, a la sazón profesor del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco quien la tradujo al Latín, basándose en la obra de Martín de la Cruz, Tlatelolca, en el tiempo de la colonización española, por el año 1552, escrita en Náhuatl y finalmente traducida al español por el profesor Ángel María Garibay hasta el año de 1964. Por cierto este documento se encontraba en la biblioteca del Vaticano y fue devuelta a México por el Papa Juan Pablo II, en el año 1990.

El Códice es todo un tratado del uso de las hierbas medicinales y sus propiedades curativas que eran muy socorridas por las culturas mesoamericanas y específicamente la Mexica, asentada en el Valle de Anáhuac. Según refieren los historiadores, contiene trece capítulos, en donde habla de 227 plantas, “tratando enfermedades de la cabeza,  hasta los pies, pasando por los ojos, los oídos, la nariz, los dientes, las mejillas, el pecho, el estómago y las rodillas. Describe los remedios contra la fatiga, enfermedades generales, mentales, “los aires”, los problemas relacionados con el parto, las enfermedades de las mujeres, las de los niños, para terminar con las señales de la proximidad de la muerte”. Los nombres de las plantas están en náhuatl, con muy pocas traducciones a sus nombres científicos. En su “Historia general de la cosas de la Nueva España”, Fray Bernardino de Sahagún, se refiere a la alta especialización que alcanzaban los curanderos, que propiamente superaban a lo que hacían los brujos, hechiceros o chamanes, ya que se basaban en un profundo conocimiento, propiamente científico, que se acompañaba de un ritual que le daba un carácter místico, pero no por ello dejaba de ser una eficiente forma de curar las diversas enfermedades.

Los vendedores de hierbas en los mercados de Querétaro

Provistos de una muy buena canasta, recia, de mimbre, surtida de hierbas, coloridas y frescas, en donde asoman las amarillas flores de árnica, las aromáticas ramas de manzanilla, el verde intenso de la hierbabuena, largas hojas de eucalipto, el rojo desvanecido del frutillo de la pingüica, el fuerte aroma de la ruda, el tomillo, toronjil, pequeños envoltorios del áspero té de limón, esbeltas ramas de romero, brillosas hojas de naranjo, albahaca, trozos de amargosa sábila, desmayadas ramas de epazote de un verde seco, amarillas flores de diente de león, fibras delicadas y doradas de la mazorca del maíz o “jilotes”, entre muchas otras, los vendedores, como Jacinta, ataviada con sus coloridas ropas otomíes, de colores rosas, amarillos y azules deslumbrantes, que viene de Amealco al mercado de la Cruz, a vender todos sus remedios,  o de quienes se apostan en el mercado del Cerrito Colorado o en los tianguis y en la entrada de la clínica del Seguro Social en Carrillo, enumerando con una voz antigua, los remedios que proporcionan las hierbas de su colorida canasta, que cargan enlazada a su brazo, o bien depositada en el suelo o en un improvisado y vacilante puesto de madera de triplay: – Lléveme usted el árnica, cura heridas, moretones y malos golpes que se dan los chamacos. – Mire marchante con la hierbabuena, al igual que con la menta, se hace un tecito y le ayuda a la digestión, desinflama el hígado y la vesícula. Le alivia de los gases y los mareos, calambres y el dolor de estómago. Sirve hasta para darle sabor a un buen caldo de pollo.- Estas largas son hojas de eucalipto. Le curan la gripe. Le ayudan a respirar mejor. Alivia la tos seca y la sinusitis. – Aquella es la mejorana. ¿Para qué sirve? Para quitar la tos. – ¿Esta otra, la manzanilla? Le cura enfermedades de los ojos, también es buena para quitar los dolores de estómago. Le calma los nervios. Sirve para aclarar el cabello. Le ayuda a quitar el estrés. O un buen te de hojas de naranjo. – ¿Esta de verde cenizo? Es ajenjo. Le quita el mal aliento.- La muy olorosa es la ruda. Es bien buena para cuando le duele un oído. Le cura de los “malos aires” o del “espanto”. Les quita las “perrillas” a los chamacos por andar viendo lo que no deben. También repele a los insectos, ya ve como abundan en tiempos de lluvias. ¡Ah! también cura picaduras de alacranes. -¿Esta que parece un pequeño maguey? Es la sábila. Se pone en cataplasma sobre las heridas, sobre todo por quemaduras. Y en una macetita como esta se pone afuera de la casa o en el negocio para alejar las envidias, con una estampa de San Martín Caballero.- El epazote le ayuda a matar bichos o parásitos y si no también para preparar unos sabrosos frijoles negros. – Cómpreme usted su té de limón. ¿Sufre de la presión? Este le ayuda. Le quita la gripe también. – Llévese el romero, calma los nervios. A las mujeres les ayuda con los dolores de los días difíciles. Además ayuda a adelgazar. Le alivia el estreñimiento. – ¿Las redonditas? Son pingüicas. Le ayuda con los riñones. – ¿La albahaca? Sirve para las “limpias”, junto con el romero. ¿No ha probado una sabrosa agua de albahaca y piña? – ¿La cabellera del maíz? Mire que bonitas. Doraditas y brillantes. Cura infecciones urinarias. De los riñones y hasta el cáncer. -¿No puede dormir? Llévese ésta. La pasiflora…

Malas hierbas y de las otras hierbas

García Márquez, narra que Simón Bolívar en sus últimos días se bañaba en una gran tina con agua llena de hierbas, que dejaba al paso del Libertador sus aromáticos efluvios, en su libro “El General en su laberinto”, lo que lo ayudaba a sentirse mejor, pero de ninguna forma le quitó el padecimiento que le ocasionó irse empequeñeciendo, hasta la muerte, en sus interminables viajes en barco sobre el río Magdalena. Una leyenda muy socorrida en Querétaro, refiere que Leonarda, la famosa Carambada, envenenó a Don Benito Juárez con la “Veintiunilla”, cuyo brebaje le proporcionó una bruja en Huichapan, camino a México, cuando fue a vengarse, del Benemérito por haber  fusilado a su prometido en la Exhacienda La Laborcilla, cuando el sitio en el año 1867 y a Maximiliano en el Cerro de las Campanas, muchos años después, cuando ya era una notable forajida, Pero en todo caso al Benemérito “le fue mejor” que a su tocayo Benito Zenea, gobernador de Querétaro, a quien La Carambada sedujo y castró un 15 de septiembre, según lo refería un célebre guía de turistas ya desaparecido, en el recinto del Palacio de la Corregidora, haciendo eco de un libro de Joel Verdeja Souza, que circuló profusamente con esa leyenda, de dudosa veracidad, que pintaba a una mujer guapa y elegante “que parecía francesa” por lo que conquistó a Guillermo Prieto, quien le propició el acercamiento con Juárez y atrajo a  Zenea y no como la refirió Valentín Frías, en sus “Tradiciones y Leyendas Queretanas”: “demasiado trigueña, gorda, chaparra y de levantado pecho, vestía enagua corta de color chillante; saco también corto con mazcada cruzada sobre el pecho; rebozo fino del Valle: botín bayo, de rechino y tacón alto con adornos de hebillas ó seda; sombrero galoneado cuando montaba, ven su cuello, orejas y manos, algunos dijes con relumbrones”. Buena para montar a caballo, manejar el machete y la reata. Ignacio Solares, en su libro “El Jefe Máximo” narra que, en sus últimos días, aparte de refugiarse en el espiritismo, Calles, solía tomar largos baños con hierbas medicinales que le preparaba Lorenza, su sirvienta, mientras trataba de ahuyentar a los fantasmas de Francisco Serrano ejecutado en Tres Marías; el Padre Miguel Agustín Pro en la Delegación de Policía y de Álvaro Obregón en La Bombilla, por San Ángel, en cuya Delegación fue juzgado y después fusilado José de León Toral, su supuesto magnicida. Renato Leduc, en uno de sus relatos de “Historia de lo inmediato”, cuenta que de niño, el horror que le producía ver las velludas piernas de una santa señora, de avanzada edad, que se aplicaba alcohol con mariguana para los reumas, cuando la amapola no era proscrita y era muy usual el olor a “petate” en las aulas de la “prepa” o en los corredores de la Universidad. Y qué decir del Toloache, famosa por que enamora a la gente hasta el apendejamiento… O la yerba del Negro, que se usa en Oaxaca para quitar la fiebre. Por su parte Mario Vargas Llosa, en su libro “Pantaleón y las visitadoras”, da cuenta de otro tipo de plantas, que han llamado afrodisiacas, así como el consumo de peces en la Amazonía, por parte de la tropa acuartelada a lo largo de la frontera entre el Perú y Brasil, sobre el inmenso río Amazonas. Narra que los soldados, aislados en la selva, se veían impedidos de ejercer normalmente “su hombría”, de por si estimulada, por lo que en los días de asueto arrasaban con cuanta mujer se les pusiera enfrente, sin miramiento de edad o estado civil. Los altos mandos militares urdieron entonces la generación y operación de un servicio de “visitadoras” encomendándole a Pantaleón Pantoja su ejecución, para evitar la sublevación de los novios, padres o maridos afectados… Es aquí hasta donde me llegó el romanticismo de la melodía de Emanuel, “Con olor a hierba” y todos los beneficios de las plantas medicinales y en mi mente, empezó a retumbar una conocida canción, añejísima, que decía intencionadamente: “… Y la hierba se movía se movía, se movía, se movía”.  Ω

sanchez50ruben@gmail.com

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