Cómo entender que la mujer no existe

pareja

Luciano Lutereau | Psicoanalista (Página 12).-

Nuestra época es particularmente sensible a los discursos del “Ya no hay”. Ya no habría hombres, mujeres, padres, etc. No obstante, uno de los problemas de este tipo de posición enunciativa es que supone un tiempo precedente, en el que habría habido. De este modo, esta figuración nostálgica realiza el más básico de los mitos neuróticos: la suposición de una referencia idealizada que sería una excepción a la castración, que queda entonces degradada a una frustración contemporánea y pierde su valor estructural.

Esta imaginarización neurótica en el pensamiento de la época se encuentra en diversas aproximaciones sociológicas de nuestro tiempo, sea que se hable de la “era del vacío”, “los tiempos líquidos”, “la sociedad del cansancio”, etc. Qué distinta era la orientación de Freud en El malestar en la cultura, cuando se dedicó a esclarecer la paradoja del superyó. En una lectura a contrapelo de los fenómenos sociales, en la disposición a la renuncia pulsional, Freud descubrió clínicamente un acrecentamiento de la severidad de la moral cultural. Lo que aparentemente liberaba, producía un mayor sometimiento. Nada más lejos de esas fórmulas que determinan un antes y un después, la modernidad y la posmodernidad, sino que el método freudiano toma un motivo actual (de su tiempo) y lo interroga para descubrir una fibra íntima, algo diferente a lo que se presenta como evidente.

Por eso, de regreso a nuestro punto de partida, podríamos plantear la distinción entre los discursos del “Ya no hay” y el “No hay” de la relación sexual; correlativo esto último de la idea de que “La mujer no existe”, sentencia que apunta a una cuestión estructural que según las épocas reconoce diferentes modos de tratamiento. Pero, ¿cómo entender la negación de la existencia de La mujer?

En primer lugar, es importante tener presente que la formulación de esta referencia tiene como marco conceptual los desarrollos de la sexuación. Esta advertencia es valiosa en la medida en que permite evitar un error corriente: interpretar el goce femenino como una suerte de excepción a lo fálico. No fálico no es equivalente a femenino. Y, por cierto, la postulación de un goce que no estaría afectado por la castración es, como hemos dicho al principio, una suposición neurótica.

En segundo lugar, la no existencia de La mujer tampoco debería entenderse en términos de contradicción. Es este otro principio de la lógica aristotélica el que también se encuentra vulnerado en la sexuación lacaniana. Los seres hablantes bien pueden distinguirse entre hombres y mujeres, pero eso no quiere decir que hombre sea una no-mujer. Por esta vía es el que debate con los estudios de género no necesariamente culmina en un escollo. Por cierto, entre aquellos se recorta la perspectiva de la posición feminista. Esta última también dista de ser unívoca. Hay una distancia considerable entre quienes afirman que vivimos en una sociedad patriarcal y machista, y una observación como la siguiente, realizada por Judith Butler en El género en disputa: “La urgencia del feminismo por determinar el carácter universal del patriarcado […] ha provocado, en algunas ocasiones, que se busque un atajo hacia una universalidad categórica o ficticia de la estructura de dominación, que origina la experiencia de subyugación habitual de las mujeres.”

En nuestros días, ciertas perspectivas psicoanalíticas han hecho una reducción de la masculinidad a una esencia: el falicismo

En este sentido, la conversación entre el psicoanálisis (con sus diferencias intrínsecas) y diferentes versiones feministas es una tarea pendiente y, en principio, no invalidada. El psicoanálisis de nuestro tiempo es especialmente sensible a estos planteos, y eventualmente se muestra susceptible; pero asumir la perspectiva del feminismo es importante para que el psicoanálisis pueda revisar también cierta orientación totalizadora y esencialista que se refleja en su modo de pensar la masculinidad como algo “cerrado” y lo femenino como una especie de apertura a un Otro absoluto. Al psicoanálisis le podría caber la misma supervisión que Butler propone para el feminismo: “La crítica feminista debe ser autocrítica respecto de las acciones totalizadoras del feminismo. El empeño por describir al enemigo como una forma singular [macho patriarcal, hombre violento, etc.] es un discurso invertido que imita la estrategia del dominador sin ponerla en duda.”

En nuestros días, ciertas perspectivas psicoanalíticas han hecho una reducción de la masculinidad a una esencia: el falicismo. Decir “La mujer no existe” también implica cuestionar todo esencialismo en el psicoanálisis, en pos de repensar la diferencia sexuada justamente en su valor diferencial. No en función de proponer un término como evidente y sacralizar al otro (¡el Otro!) en un intuicionismo místico.

La potencia de las fórmulas de la sexuación en Lacan tiene otra dirección, mucho más radical: cuestionar el binarismo que opone lo masculino a lo femenino y, de esta manera, poner en tela de juicio que un término pueda funcionar como sostén implícito en la definición del otro. En este sentido es que el feminismo crítico puede ser una vía privilegiada para que el psicoanálisis no se extravíe en propuestas regresivas y pre-analíticas. Ω

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rosario/12-53327-2016-02-18.html

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