Cocinando entre rejas

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“Siempre parece imposible, hasta que se hace”, Nelson Mandela, Estadista

Hay personas, que más que eso, son verdaderos personajes, que tal parece lo han vivido casi todo. No en el afán de encumbrarse y proclamarse mejores que el resto, sino porque la vida así les ha venido. Hace unas semanas hablaba con un viejo conocido, de esos que durante una vida viven más de lo que cualquiera de nosotros se imaginaría. De aquellos cuyas vidas se nos suelen antojar inverosímiles, más propias de aventuras que de anécdotas.

Pues bien, Josué es así. La primera vez que le ví, me resultó extraño. Ahí estaba ese hombre desconocido charlando conmigo como si nos conociésemos de toda la vida. Más por cortesía que por deseo, accedí a probar el taco que me ofrecía. Decía, son “machitos” y yo pensaba que era algo muy especial: eran tripas de res, retorcidas, picadas y doradas; me resultaron un poco extrañas en ese momento, aunque no le mencioné nada. Hice como que estaba habituadísimo a comerlas y que no me resultaban sorprendentes. De a poco comenzamos a frecuentarnos, y a forjar una amistad entrañable. Un día me dijo que dejaría México, pero que nos mantendríamos en contacto; así lo hicimos por un tiempo, hasta que súbitamente se ausentó. Y así pasaron algunos  años.

Como habrás imaginado, tenía más aventuras increíbles que contar, entre ellas la que más me sorprendió fue lo extraordinariamente apetecible que eran la comida que preparó, cuando anteriormente las habilidades apenas le daban para hacer quesadillas o freir un bistec.

No pude contenerme y le pregunté que cómo había hecho para lograr tales progresos en las marmitas, lo interrogué pues quería saber si acaso trabajó en restaurantes o estudió cocina.

Sonrió un poco, luego un mucho, y finalmente rompió en carcajadas mientras me decía que sus habilidades las había desarrollado donde nunca creyó que estaría: en la cárcel.

Había, según sus afirmaciones -que siempre he pensado que tienen algo de verdad y bastante más de exageración-, muchas personas de distintas nacionalidades, que trataban de recrear la cocina de su tierra, como si así pudieran sentirse un poco más libres, un poco menos aprisionados.

Así conocí el caso del tosco  herrero que aprendió a hacer delicadas trufas de chocolate. O del que improvisó una parrilla eléctrica con una sartén inservible y una resistencia, para poder hacer arroz con leche, como el que preparaban en casa. También me enteré que otro más vendía salsa que preparaba en su celda.

Y ese día Josué guisó para mí, yo que tantas veces le había cocinado platillos de mi tierra, para que conociera mi país, aunque fuera a través de los alimentos.

Comimos pollo guisado estilo Puerto Rico (con el omnipresente sofrito incluido), rollitos primavera y arroz dulce.

Era tan extraño verle en los fogones, friendo, hirviendo, asando…

¿El motivo por el que estuvo en la cárcel? No me lo dijo y tampoco se lo pregunté. No me interesa saberlo.

Pero sí que me interesé en saber algunas de sus recetas favoritas, me habló de la comida china y de sus amigos fanáticos de la tex-mex. Me dio los consejos para una hamburguesa perfecta y los secretos  del magnífico “caldo de pollo estilo mazmorra”, según lo bautizó. También me habló sobre el exquisito caldo de sardinas ‘made in jail’.

Se marchó como un cometa, de esos que sabes que volverás a ver, sólo que  no tienes certeza cuándo ni cómo, pero que seguramente te alegrarás de avistar de vez en vez.

Y vaya que estar recluido debe ser muy difícil, sea cual sea el motivo. Me resulta imposible imaginar una vida sin independencia de movimientos, restringido a una sola edificación, viendo los mismos rostros día a día.

Aún en estas circunstancias difíciles, hay pequeñas cosas que le hacen a uno más llevadero el camino, que colman de regocijo, que satisfacen a tope, y que aunque sea momentáneamente, hacen olvidarse de las penurias del presente. Ω

elsibarita@chef.net

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