Amando a un borracho

borracho

Ma. Ángeles Campos | Psicóloga.-

Se pueden amar las flores, el atardecer, la brisa del mar, a un hombre borracho, a los hijos, a los hermanos, a la casa en la que dormimos noche a noche o bien, se puede no amar a nadie.

Cuando se ama a un borracho, los sufrimientos son innumerables, insoslayables y múltiples. Sin embargo, amar a un borracho también puede tener su encanto. Como dice Sonia, cuando él decide tomar hasta caerse, es posible que llegue muy tarde a casa y, entonces, tú puedes dormir tranquila gran parte de la noche. Si por el contrario, bebe en la mañana y trata de parecer o estar sobrio por la tarde, para cuanto tú llegas a casa; entonces puedes jugar a que no te das cuenta de nada y seguir tranquila como siempre. A pesar de que ambos saben que él sigue siendo alcohólico y tú lo sigues manteniendo cerca de ti, porque lo amas más que a ti misma.

Igual puede ocurrir que, cuando toma, no lo haga hasta perder el sentido y entonces llegue a verte contento y dicharachero, feliz y sonriente; en tal caso te agencias para reír con él y bromear acerca de la familia y de sus defectos y virtudes, ríes hasta que te duele el estómago, con carcajadas sonoras y duraderas; no importa si a la mañana siguiente te das cuenta de que has reído tanto para no tener que llorar, porque se gastó todo el dinero en el alcohol y hoy no tiene un sólo centavo y no sabes con qué vas a hacer de comer para tus hijos.

Amar a un borracho es maravilloso, sobre todo en aquellas ocasiones en las que, se siente tan culpable porque te hace sufrir con su alcoholismo, que te compra regalos caros y hermosos, como un abrigo, una esmeralda, un reloj con un diamante, unos lindos zapatos, un kilo de barbacoa o de carnitas, leche para los niños, entradas para el cine, pantimedias o al menos chocolates.

Entonces puedes sentirte dichosa, reina por una noche, amada, deseada, ¡la más feliz de las mujeres! Después de todo te tocó un buen hombre. Así, sintiéndote tan feliz, al día siguiente, como agradecimiento, le preparas ricos platillos, picosos necesariamente, para que se cure la cruda y vea cuánto lo amas. Lo consientes todo el día, para que el lunes vaya a trabajar y logre ganar durante la semana, el dinero que necesitará para comprarte el siguiente regalo y la cantidad de alcohol que entonces necesite. ¿No es encantador?

Y, si además, tu borracho, perdón, tu amado hombre bueno, es violento; ¡eso es lo de menos! Con que le digas a tus hijos: ¡aquí no ha pasado nada! ¡es tu padre y lo respetas! ¡sólo se le pasaron un poco las copas! ¡ya va a cambiar me lo prometió anoche! Con eso lo arreglas todo, la familia sigue viviendo en esa casa como si nada y tú sigues amándolo hasta el fin de tus días. En efecto, no ha pasado nada, no has estado temblando, aterrorizada, sin saber si va a llegar de buenas o de malas. No te ha golpeado brutalmente hasta romperte una costilla o algún otro hueso débil, tan débil que no ha resistido unos cuantos golpes con el puño cerrado. No te ha roto la boca hasta dejarla sangrando. No tienes un ojo morado y el otro cerrado por un puñetazo. No te ha jalado el cabello arrastrándote de la sala hasta la recámara sin parar. No te ha gritado insultos durante todo el tiempo, humillándote y denigrándote como mujer y como persona. No te ha perseguido por toda la casa con un palo para golpearte, si te alcanza, hasta cansarse. No has tenido que hacerte un ovillo y esconderte debajo de algún mueble, con la esperanza de que no te encuentre o de que se le pase un poco el coraje, la borrachera o ambas cosas. No te ha dicho que no vales nada como mujer, que no sirves para nada, que eres lo peor que le ha pasado, que ojalá ya no existieras, que no te ama ni nunca lo ha hecho. No has permanecido encerrada en el baño temblando de miedo y rogándole a Dios que no se acuerde dónde están las recámaras de los niños, para que no vaya a golpearlos o violarlos. No has tenido que advertir a tus hijos: ¡Ya llegó su padre! ¡Corran a esconderse y no hagan ruido!, no sea la de malas y se desquite con ustedes. O bien les has dicho: no hablen, no digan nada que lo haga enojar, o van a empezar a gritar y pegarnos a todos. Y menos te ha violado repetidas veces, por más que le pides y le suplicas que no lo haga que hoy no tienes ganas de estar con él.

Nada de esto ha sucedido, tal vez sea una pesadilla la que tus hijos han vivido, tal vez sólo han oído a otros niños contarlo, lo han visto en la tele o en el cine; pero, en tu casa, ¡por supuesto que no ha pasado nada!

En tu casa todo está bien, tú amas a tu marido y él te ama a ti y a tus hijos; sólo que a veces no sabes qué le sucede si tú eres una buena esposa, nunca lo molestas, le tienes la ropa limpia, la comida y la cama calientes; no puedes entender qué ocurre en tu matrimonio, si te casaste muy enamorada y él, después de todo, aunque tomaba desde que lo conociste, es un buen hombre.

Finalmente te permite ocuparte de su alcoholismo, su agresividad, sus llantos sin sentido, sus risas fuera de lugar, sus llegadas tarde, sus faltas al trabajo, sus sentimientos de inferioridad, sus neurosis, sus altas y bajas, en fin de todo él.

De ese modo, no tienes que verte a ti misma, tus problemas, tu enojo, tu tristeza, tu impotencia, tu incapacidad para proyectar tu propia vida, para tomar las riendas y decidir hacia dónde quieres ir, tu cobardía, tu neurosis, tus miedos, tus dudas, tus…, tus…

angycampos@hotmail.com

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