A esto le llamamos democracia

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Armando Bayona Celis   | Biólogo y Cartógrafo.-

En este país vivimos cotidianamente sometidos a un bombardeo inclemente de propaganda de los partidos políticos, el INE y los institutos estatales que, se suponía, iban a desaparecer, más las innumerables noticias en radio, televisión y medios impresos sobre actividades cotidianas e irrelevantes de los gobernadores de Chiapas, el Estado de México, y otros; más los espectaculares y anuncios den todos los medios sobre informes de gobierno de todos los niveles, más precampañas de ex primeras damas, secretarios, líderes morales e inmorales de partidos políticos, más precandidatos independientes desde la presidencia hasta el más humilde ayuntamiento; más los comentarios y mesas de discusión de todo esto por parte de periodistas, analistas y otros personajes de los medios; más twits y demás entradas en las redes sociales por parte de todos los personajes e instituciones que ya mencioné, acusaciones y pleitos entre los partidos por las campañas y precampañas anticipadas de los otros, más todos los anuncios de programas gubernamentales etc. que son “ajenos a cualquier partido político y no pueden usarse para otros fines que los establecidos…” por cierto, la frase más repetida en los medios masivos de comunicación… Salvo en tiempo de campañas electorales, lo cual quiere decir que a lo mejor no eran tan ajenos…

Esto es un exceso intolerable, carísimo y perverso; sin duda mucho más intrusivo en nuestras vidas que lo que fueron por muchos años, la propaganda electoral y gubernamental en tiempos de la “dictadura perfecta”. Estoy HARTO. Harto de la propaganda y harto de esto que nos venden como democracia.

Por eso, digo que NO a la democracia. Porque esto que estamos viviendo no es el gobierno de la mayoría con respeto hacia las minorías; que es lo que se dice continuamente que es, o debería ser, la democracia actual. Lo que vivimos es el gobierno de un pequeño grupo de gente, que pertenece a partidos políticos y hace de la búsqueda del poder su carrera. Un gobierno de políticos de todos los partidos, que han levantado un enorme circo en el que hacen grotescas campañas para hacernos creer que hay competencia entre ellos: gritan, se dan de sombrerazos y cuando alguien gana, se sube a su puesto para hacer cosas distintas a las que nos prometió, quizá las que les prometió a otros. Veamos:

Ellos, la clase política, deben servir a su partido antes que a nadie, ya que como la búsqueda del poder es su meta, tratarán a como dé lugar de que su partido gane más espacios de poder o, al menos, conserve los que ya tiene; en fin, para seguir en el gobierno. Si para lograr esto hay que servir a la gente, ni modo, hará de tripas corazón y podrá hasta servirla… Y sin duda algunos lo harán de buena fe.

Los dueños del dinero saben que gane quien gane, no hay gran cosa que temer

Por desgracia, y como hemos visto multitud de veces, hay muchos modos de mantener el poder sin molestarse en servir realmente a la gente. Y uno de los principales es la propaganda atorrante, que nos hace creer que el teatro electoral es algo importantísimo.

El poder político depende en alguna medida de los votos ciudadanos; más aún de negociaciones entre los partidos; pero sobre todo de acuerdos entre los partidos y los verdaderamente poderosos hoy en día ¿cuándo no? en el mundo: los dueños del gran capital, de bancos y grandes empresas transnacionales; los dueños de las consciencias, de las iglesias y las televisoras, no necesariamente en ese orden (que a fin de cuentas, en buena medida son los mismos) y, cada vez más, el crimen organizado. Los partidos, para persistir y ganar, requieren de alianzas con el poder económico y los otros poderes fácticos. De hecho, se asocian o se alquilan más o menos obviamente; ceden más o mucho más, ya desde hace tiempo disociados de cualquier ideología, para contar con el apoyo (o al menos, con la indiferencia) de los dueños del dinero y las mentes cautivas.

Los partidos políticos tienen ya muy claro que no se gana nada (y se puede perder todo) con oponerse al poder económico-mediático-criminal. Hace décadas, fue posible. Lázaro Cárdenas lo logró, Fidel Castro apenas de panzazo, Salvador Allende y el mismo John Kennedy (supuestamente el jefe de seguridad del imperio del dólar) fueron víctimas del aprendizaje de esta clase imperial, aún temerosa de mitos y “cocos” creados por ella misma, balbuceante (como un bebé), pero también ejemplos para que todos supiéramos hasta donde pueden llegar (sí, como un bebé con una bazuca)…

Hoy las cosas funcionan mucho más suavemente. Los políticos ya no van a intentar salirse del huacal así nomás. Y los dueños del dinero saben que gane quien gane, no hay gran cosa que temer. Algunos optimistas dirán que se ha ganado mucho en el respeto a los derechos humanos, pero creo que eso es sólo una moda, que puede revertirse y lo está haciendo; igual se pueden decretar actas o actos patrióticos, guerras contra la inseguridad y así; y reprimir a los pueblos con todo el peso de las armas. ¿Verdad que no necesitan que les dé algún ejemplo?

Los representantes, diputados, senadores, etc., lo dije antes, lo son de su partido y no de la gente. Votan sobre iniciativas, reformas, leyes y demás en bloque, salvo unos pocos ingenuos (¿?) que de plano están perdiendo el tiempo (bueno, mientras ganan muy buenos sueldos) si es que quisieran realmente cambiar las cosas. Casi no hay nada más patético que los larguísimos y aparentemente apasionados discursos y debates que se dan en las cámaras, cuando ellos y nosotros, cuando todos sabemos (y sabemos que todos sabemos) que las cosas se han arreglado de antemano en otros sitios.

Los resultados de toda esta operación, de estos pactos, garantizan la explotación de la gente, el despojo de la tierra y los recursos, la destrucción de las culturas, los derechos y el ambiente y, si no nos gusta, la represión.

¿Y el voto? Puede ser realmente difícil convencer a los votantes de que lo que se promete se tratará de cumplir; de que en realidad hay compromiso con las demandas de la gente… Bueno, eso pasa en países como Suecia, pero en México la mayoría de la gente vota en forma, digamos, laxa como mínimo. Unos creen la propaganda, las promesas; quieren castigar al partido que nos fregó los últimos tres, seis años, y para eso votan por el que nos fregó en el periodo anterior. Y aun muchos de los que están conscientes de todo esto, quieren votar por el menos peor para mantener la esperanza de que el otro (el hubiera, que parece que sí existe), gobernaría todavía peor.

Sí, porque hemos sido intensamente amaestrados por diversas instituciones (familia, iglesia, escuela y, cada vez más preponderantemente, medios masivos de comunicación) para menospreciar nuestra individualidad, para ser absorbentes a opiniones que nos uniformen y nos den una ilusión de pertenencia. Nos ejercitan continuamente con honores a la bandera y teletones y nos hacen creer que la opción entre hamburguesas y hot-dogs; entre coca y pepsi, es la única posible, apetecible, la que nos llevará por el camino de la bonanza; nos venden cuentitas de colores haciéndonos creer (y pagar muy buenos millones de pesos por ellas) que allí está la joya auténtica de la democracia. Casi nadie en sus cabales rechaza la democracia como casi nadie duda del progreso: Los más escépticos la aceptan como un mal necesario; y todos nos quitamos un peso de encima, transferimos nuestra responsabilidad y tenemos a quien echarle la culpa cuando las cosas no salen. Porque en el fondo sabemos (a diferencia de los gringos, más confiados y a los que sí les salen bien de pronto) que no saldrán.

Requiere dedicarle todos buena parte de nuestras vidas a algo que no hemos sido entrenados para hacer

La verdadera democracia (Ay, ¿cómo le llamaremos para que no se confunda con esto que tenemos?), el mandato de la gente sobre el gobierno, incluso sobre el poder financiero y hasta sobre la delincuencia organizada, requiere que nos demos cuenta de que el voto es inútil e irrelevante, que sólo les da legitimidad a los gobiernos, los partidos y las instituciones electorales.

Pero, sobre todo, requiere dedicarle todos buena parte de nuestras vidas a algo que no hemos sido entrenados para hacer en absoluto; algo para lo que no estamos educando a nuestros hijos; que ni siquiera adivinamos bien cómo es o se realiza, pero que implica sin duda varios ingredientes: la resistencia, el ejercicio de la crítica, la búsqueda de la autonomía y la solidaridad, al margen de las instituciones que ya existen; quizá al margen de cualquier institución fuera de la sociedad en su conjunto; de la humanidad toda. Implica no sólo la identificación, sino el rechazo total activo, no sólo declarativo, a la corrupción en un sentido mucho más amplio del que habitualmente entendemos. Implica incluso la disposición a dar la vida por nuestra libertad, la de los demás y nuestra condición de seres humanos.

Y por supuesto, implica decir NO a esta cosa, tristemente llamada democracia, que hoy padecemos. Ω

bayotenal@yahoo.com.mx

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